21.4.09

Alonso

Alonso Federico Dubois Carranza. Hijo de un abogado francés: Don Frederic Dubois y una zorra limeña: Doña Mirtha Carranza de Osma.

Frederic, había llegado a Lima, aproximadamente en 1975, influenciado por su padre, un anciano gracioso y demente qué había soñado una noche de junio, que el nuevo destino de sus vidas era dedicarse al sembrado de uvas y al desarrollo de vinos. Enrumbaron entonces hacia estos territorios, de los cuales Frederic no conocía más allá de lo que había visto en sus ligeras clases de geografía.

Mirtha, hija de Doña Mercedes de Osma y de Don Felipe Pedro Carranza, había vivido hasta los 14 años de la acomodada situación de su padre, un estibador del puerto del Callao. Estudiaba en uno de los mejores colegios Italianos de la época, y sus cabellos lacios, eran semanalmente tratados para transformalos en delicadas ondas que combinarían con sus vestiditos de seda.

Después que despidieran a Don Felipe, la vida acomodada de Mirtha y su madre, se convirtió casi inmediatamente en el opuesto más espantoso que jamás hubieran imaginado. Y tuvieron que mudarse desde La Punta, hasta Ica, donde Felipe había conseguido un trabajo nuevo, en una campiña.


Al llegar a Ica, Frederic sintió, despues del miedo del viaje, una extraña sensación de paz. Miró a su padre corriendo como un niño por entre las dunas, vio el hermoso cielo que se despejaba como para darle una merecida bienvenida, respiró el aire puro y se sintió en casa, se olvidaron por completo de la vida por un par de horas y se dedicaron a jugar, como dos niños, como padre e hijo, como almas libres.

Cuando el agotamiento los dominó, Jacques, el padre de Frederic, guío el camino de regreso hasta la casa, detrás de la campiña.

Antes de entrar, Felipe y Mercedes les dieron la bienvenida, y los invitaron a cenar. Mirtha, desde el fondo de la casa, miraba con detenimiento a Frederic. Lo veía alto, sus cabellos eran oscuros, pero no se parecía en nada al resto de hombres de la campiña.

Frederic y su padre, no hablaban español, pero aceptaron la invitación y asistieron a la cena con una sonrisa que por sincera, parecía hasta nueva.

El padre de Frederic habló en señales, saltando de un lado a otro, haciendo dibujos en los manteles, riendose a tornillo suelto de aquella extraña conversación.

(...)

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