30.4.09

Magdalena se había dado cuenta que jamás podría seguir al pie de la letra un plan, ni siquiera uno que ella misma programe. Esta vez, diez mil ideas estaban rondando su desordenada cabeza. Ella estaba tratando de no dejarse llevar por la emoción de una impulsiva declaración de amor, pero sus ganas de escuchar más palabras bonitas podían sobre ella; y siempre eran mucho más fuertes que la sensación de vacío que quedaba cuando se quedaba sola, mirando la ventana.

Cuando Magdalena se dio cuenta que aquel plan de "indiferencia" que había desarrollado durante la noche anterior (y en ausencia de aquel individuo, protagonista de sus últimos desvelos) había fallado, se levantó de la silla giratoria y estampó sus nudillos contra la pared más cercana. Luego sonrío, porque notó que pudo haberlo hecho más fuerte, pero solo quería hacerse creer que estaba muy decepcionada de su actuar. En realidad, ella había disfrutado cada segundo de aquel fallido plan.

Aunque después, él se fue y ella se quedó otra vez mirando la ventana vacía, mirando el teléfono mudo y mirándose las manos, para no correr hacia él y tratar de oír su voz.

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