6.4.09

Magdalena se levanta de la cama aún mareada, la noche anterior no ha bebido, pero ha dado millones de vueltas en la cama tratando de entender, que así como ella, otras personas mienten y muchas de esas, le mienten a ella.
Magdalena conserva una inocencia que se encarga de maquillar, le pinta los labios, bien rojo, para que a la hora de dar besos, no se sienta el sabor infantil que lleva en el cuerpo.
Se acerca tambaleante al espejo, se mira el rostro. No tiene tantas marcas, pensó haberse arañado el rostro mientras trataba de entender qué estaba haciendo.

Magdalena se ha metido a un juego de espirales, se ha metido a la cueva de los lobos. Al cajón de las mentiras. Y le están mintiendo en el rostro por nada a cambio, pero igual se deja mentir.

Entonces, desde el espejo, aparece un rostro conocido, ella le miente bien, él le cree y le devuelve más mentiras le canta al oído, le compone frases, le niega pasados.

Ella le da la mano y lo hace pasar a su casa, a su cama. Bienvenido extraño, tan bienvenido. Le sirve vino de sus venas, le lava los pies con sus lágrimas. Magdalena no pierde sus antiguas costumbres, nunca pierde el rastro de la vergüenza.

Ella le dice lo que él quiere oír, a cambio de nada. Él le miente.

Ella lo espera de noche en la ventana, él llega, en ardores, en mundos lejanos, le dice una palabra y ella le pone adornos para olvidarse que le están mintiendo.

Pero ella inventó el juego, ella sabe qué hacer.

No hay comentarios: