3.5.09

Entonces sonó el teléfono. Magdalena trató sin éxito de identificar el número del que venía la llamada. Se levantó de la mesa con una sonrisa, pasó por delante del grupo de amigos que la veían siempre con cierta admiración, uno de los hombres que rodeaba la mesa, la siguió hasta el fondo del bar, mirando su reacción al contestar.

-Aló- dijo fuertemente, por el ruido y se cubrió la boca con la mano.

Desde la mesa donde Magdalena había estado, el joven veía todas sus expresiones, la veía sonriendo, recogiéndose el cabello, daba vueltas miraba su cigarillo con cierta absorción.

Él, lleno de celos, se preguntaba quién estaba al otro lado del teléfono, quería saber quien era la persona que despertaba en Magdalena esas emociones que la hacían brillar, aún en una noche sabatina de bar, de humo, llena de mujeres hermosas siempre bien presentadas. Ella, con su cabello corto, sus ojos gigantes -y después de algunas copas, caídos- con su entorno abstracto e impenetrable, con sus ropas oscuras siempre; brillaba desde el fondo del bar, su corazón se escuchaba marcando el ritmo de la música, y él, no podía dar vuelta y concentrarse en la conversación con el grupo de amigos.

Ella terminó la llamada, se quedó mirando el teléfono, registró el número y contabilizó los minutos que habían hablado. Encendió un cigarrillo mientras se acercaba a la barra, pasando por entre la gente que bailaba frenética una de sus canciones favoritas, en ese momento, para ella no había sonido, solo estaban repitiéndose las palabras que hasta hace un momento atrás, él le cantaba desde lejos.

Alonso, la había llamado por primera vez desde el día que se fue de Lima. Ella, le había jurado que si el llegaba a dejarla, no volverían a hablar. Sin embargo, no había día en el que no espere su llamada por las noches.

Y aquel sábado, estando ella en medio de algún flirtreo no previsto y del cual, extrañamente no estaba disfrutando, él volvió a aparecer, desde lejos, volvió a erizarle la piel.

Antes de colgar, él le había prometido volverla a llamar y le había prometido soñarla otra vez.

Ella pidió una copa más y se apartó del grupo a tratar de entender un poco sus ideas que se habían alborotado, gracias a él.

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