11.5.09

Magdalena había dejado con muy poca astucia que un extraño se cuele entre sus sueños.

Siempre que algo así pasaba, algo cercano a la irrealidad de la perfección, ella, lejos de despertar, se entregaba con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Se dejaba llevar hasta la cima para luego sentir el vértigo al ser lanzada, sin piedad.


En este caso, ya le había advertido yo del peligro que los ojos de este extraño encerraban. Yo los veía por las noches, un poco distraídos, un poco encandilados.

De rato en rato, me acercaba a Magdalena y suavemente le gritaba al oído que me escuche, que él juega a quererla, a regalarle flores o besos, que yo conozco de las noches en vela. Pero Magdalena rara vez me escucha y casi nunca me hace caso.

Esa noche, mientras encendíamos un cigarro ella me pidió el teléfono, le envió un mensaje, para hacerle saber que estaba pensando en él. Yo la miré, tan transparente, tan tonta siempre.

Pero cuando entenderás Eme, que yo no te digo las cosas con mala onda, que no predigo nada, ni tengo morbo al advertirte para luego con más morbo decirte: "te lo dije"

Eme querida, yo soy tú, te cuido, te protejo, te limpio todos los días. Tú eres yo y sin embargo nunca me haces caso, sin embargo siempre estás caminando al filo del abismo.

Pones la carne al fuego por cualquiera que te diga frases bonitas.

Cuando entenderás, querida Eme, que tu voz merece llegar a alguien que de verdad quiera escucharla, que los hombres nunca son libres y las mujeres siempre son celosas. Que los colores se distorsionan dependiendo de cada mirada y que las cicatrices desaparecen del cuerpo, pero no del recuerdo.

Cuando quieras entender todo eso, mírate al espejo y date cuenta de que nada de lo que puedas ofrecer está ahí. Nada de lo que te piden o de lo que alaban está ahí.

Tu poder, Magdalena, está más cerca de lo que te imaginas, o de lo que no imaginas.

Dime lo que quieras. Grita. Golpea si es que lo necesitas.

Quédate en vela, si quieres, una noche más o un año entero, si no me crees. Llora hasta que te duela la cabeza, si no me crees.

Como aquella última vez, como esa vez en la que él te dejó y te dijo que siempre te iba a querer y tú como siempre, le creíste y yo como siempre, me mordí la lengua, porque tus ojos me obligaron a dejar de advertirte lo que iba a pasar, lo que ya sabía que te iba pasar, porque yo soy tú.

Y sin embargo, sigues esperando que él regrese a llenarte de besos.

1 comentario:

Ella dijo...

A una masoquista se le engaña diciendo que lo malo es bueno y lo bueno le hará peor. Te ayudo entonces a redefinir los significados porque si de algo entendemos, y bien, es de ellas.