19.5.09

Magdalena había vuelto a tener noticias de Rafael después de casi cuatro años. En realidad, ella lo había estado buscando, sabía que el no vivía más en Lima y sospechaba que en este caso Internet iba a ser de gran ayuda. Y así fue.

En una de esas muchas noches de insomnio, ella envío un mensaje nervioso y una acertada solicitud de amistad.

Se mordió las uñas el resto de las pocas horas que quedaban para que llegue la mañana, pero no llegó respuesta de él.

La obsesión decidió darle una tregua y Magdalena, taza de café en mano, partió hasta su oficina. No había dormido en toda la noche, así que el baño de esa mañana se dio con suficiente tiempo como para que sus acostumbrados veinte minutos debajo del agua, no la hicieran tardar, de igual modo, decidió caminar.



Ese día caminaste con calma, yo te conozco y se que siempre vas a prisa, no solo por tu pésima costumbre de ser impuntual hasta para entender las cosas. Sino también porque tu ansiedad es tanta que te obliga a comerte los segundos que podrías aprovechar para respirar un poco.
Pero ese día, ibas con calma, porque tenías miedo de llegar y encontrar algo nuevo, alguna respuesta de él. Pero por más que tardes, la respuesta iba a llegar, la respuesta ya había llegado, y lo supiste desde el momento en que cruzaste el umbral de tu oficina.
Te sentaste frente a la máquina, la encendiste y abriste tu bandeja de entrada, todo automáticamente, todo con cierta pena, como si supieras además que algo malo pasaría.

Pediste una taza de café y encendiste el aire acondicionado, en ese momento viste sus besos y sus abrazos, viste como él podía morir por ti.

Y supiste que lo tenías a los pies, supiste que él haría todo lo que tú pidieras. En aquel e-mail, te contó que vive ahora en California, que no había día que no recuerde tus besos, que te había pensado, te había extrañado y que lo hacía feliz saber de ti, otra vez.

Mantuvieron comunicación, poca, pero muy intensa. Él siempre haciéndote saber lo importante que eras. Tú dándole a entender que la vida enseña y que habías aprendido.

Quizás debí decirte lo que iba a pasar, quizás debí hacer que te escuches, porque tú también sabías lo que iba a pasar.

Pero no lo hice y ¿sabes? no me arrepiento.

Porque también sabía que en algún momento ibas a estar como hoy, extrañando que él te diga todo lo que dice, recordando su perfume, revisando una y otra vez sus fotos. Imaginándote una vida que no te pertenece.

Y no es que te desee nada malo, pero ya no sé cómo hacerte entender que tienes lo que buscas, que no hay castigos de la vida ni karmas, pero cuando la gente se mete en enredos, termina enredada. Si, hasta tú, que crees saberlo todo de la vida, que creías que él iba a venir desde el fin del mundo sólo porque te lo prometió, así como te prometió que el divorcio era una realidad, como te juró que te estaba diciendo la verdad. Y tú le creíste.

¿Por qué le creíste, Magdalena?

O en todo caso ¿por qué le hiciste creer que le creías? para que luego él se quede con la idea de que tus lágrimas son reales. Y yo sé que no lo son, pero sin embargo él cree que tu sufriste.
Y aquella mujer que sin duda podría ser tu madre, -la mujer a la que según sus propias palabras "casi le arruinas el matrimonio"- se dé el lujo de llamarte "cualquiera". Y para que sus hijas tengan derecho de insultarte, porque a ellas les dolió, así como te dolió a ti cuando viste a tu padre con otra mujer.



No quiero hacerte llorar, Magdalena, sólo trato de distraerte con la verdad para que no vayas corriendo a buscarlo, otra vez.

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