14.5.09

Yakú.

El verano le sentaba bien a Magdalena. Y quizás esa era una de las razones por las cuales ella lo detestaba.
Las ropas ligeras, los colores claros, las personas en la calle; a ella no solo no le gustaba, sino que no lo soportaba.
Sin embargo, la luz del sol en su rostro, la hacía lucir un poco más suave de lo que se le veía en las noches. Su rostro cargado de maquillaje y su bolso cargado de cigarrillos, eso no cambiaba en ninguna estación.

Aquel verano, alrededor de la una de la tarde, saliste de la casa sin saber a dónde ibas, olvidaste algo y sabías qué era, pero por alguna razón, no quisiste regresar a recogerlo. Recuerdo que tenías el cabello largo, en el verano tu cabello toma un brillo café, un color que odias, siempre dices que te sienta pésimo y no es del todo cierto, pero a veces a ti no se te puede dar la contra.

La decisión con la que saliste de la casa se fue apagando mientras caminabas, noté en tu rostro un poco de desilusión, el sol estaba quemandote la piel y eso te deprimía, pero más te hubiera deprimido quedarte en la casa, encendiste un cigarrillo y seguiste la ruta.

Cuando llegaste a la plaza central, el sol ya casi no te molestaba, viste demasiados paisajes que podrían haberse convertido en fotos hermosas y te propusiste ahorrar para comprar una cámara, abriste tu bolso tratando de encontrar tu teléfono celular y te diste cuenta que lo habías dejado en la casa, encima de la mesa de centro, en la sala.

- El teléfono había estado sonando. Era él, que nueve días antes te había pedido que no lo vuelvas a llamar, que te había dicho "una obsesión no era ni siquiera cercano a una relación y que si lo era, el no quería tenerla contigo" Tú lloraste, le rogaste, le pediste que te lo diga a la cara, él terminó la llamada y por primera vez en mucho tiempo, decidiste que era tiempo de darle espacio al orgullo o a la dignidad. Apagaste tu teléfono y no lo volviste a encender hasta ese día, lucías más calmada, eso de esperar por las noches una llamada te agotaba, con el teléfono apagado no tenías que preocuparte de nada. Sin embargo, as soon as you prendiste el teléfono, ingresó la lista de llamadas perdidas, casi veinte llamadas de un mismo número. De su número.

Dejaste el teléfono en la mesa y subiste a darte un baño. El teléfono seguía sonando y pusiste al máximo el volumen de tu disco favorito, te bañabas lento, al ritmo de cada canción. En un momento sentiste gotas calientes sobre tu rostro, y no pudiste ocultarte más tu propio llanto.

Saliste de la ducha, te vestiste de prisa, cargaste el bolso y dejaste el móvil sobre la mesa, casi huiste de tu propia casa, y lo dejaste a él encerrado sobre la mesa de centro.-


Entonces, tomaste aquel cuaderno rojo que solías llevar a todos lados, con el clásico lapicero de tinta lila con el que te desahogabas tan dulcemente, y trataste de escribir algo, trataste de inspirarte en las palomas de la plaza, o en la arquitectura o en las piedras del suelo, pero estabas aturdida, estabas lejos de aquel lugar.

Sin guardar tus armas, sacaste otro cigarrillo, te lo colocaste en la boca y te sumergiste a buscar el encendedor, tu cabello largo se movió hacia adelante y te cubrió un poco el rostro, el calor había empezado a molestarte nuevamente, pusiste el lapicero dentro del cuaderno y este al costado de tu bolso, sin sacarte el cigarrillo de los labios te recogiste el cabello y al levantar la vista, lo viste a él.

Recuerdo el preciso momento, Magdalena, estoy seguro que tú lo recuerdas también.

Ya lo habías visto antes, pero nunca habían hablado, siempre te había parecido algo atractivo, aún cuando no era el tipo de hombre que usualmente llamaría tu atención.

Un poco más alto que tú, cabello claro y ojos más claros aún. Tú misma lo describirías luego, en aquel cuaderno rojo.

"Piel blanca, hermosa piel de seda, piel de leche que me obliga a imaginarlo incluso a estas horas"

Se sentó a tu lado y encendió tu cigarrillo, no dijiste nada, solo sonreíste y tu cabello volvió a caer hacia un costado, con un ritmo incendiario, que hacía tu mirada más profunda, como para que no pueda evitar sentirse seducido.

Después de eso no volviste a recordar tu teléfono móvil, no volviste a pensar en volver a casa, ni en el sol. Se quedaron ambos sentados en la banca de la plaza, alimentaron a las palomas, fumaron, hablaron de todo y de nada. Se consumieron a besos.


Al llegar a casa, apagaste el teléfono sin revisar las llamadas, pusiste a todo volumen una canción al azar, que mientras bailabas sobre la cama, decidiste que esa sería su canción.


Te preguntas ¿por qué te estoy contando todo esto hoy? Porque el azar es una broma de dioz, porque al azar, como escogiste esa canción, hoy así el clima me ha recordado su rostro y he dicho su nombre con los labios cerrados.

2 comentarios:

Átropos. dijo...

Me dominaste en cada línea, decir demasiado tarde vendría a ser lo peor. Estoy en lo mismo.

Basurero Usurero dijo...

Escribes no tan bien pero cautivas, muy largo tu post nada más. Me gustó, volveré. Suerte.