10.6.09

Imbecil.

Perdón, autoestima, por tenerte tan lejana y olvidada. Perdón a mi cuerpo entero y sobretodo a los nudillos de mis dedos, porque cuando algo como esto pasa, los obligo a contrastar contra las paredes y a arrancarles por pedacitos las cáscaras de color que las cubren.

En este caso, aceptemos qué: no soy yo, eres tú. Tú, el que viene siempre cuando yo me voy, cuando me escondo, cuando simplemente quiero olvidarme un poquito de algunas cosas, quiero dejar de perseguirte, quiero mirar todos los ojos que tengo hacia adelante. Vienes y tocas mi puerta, rompes los seguros y te sientas a la mesa. ¿Qué esperas de mí, entonces?

Me pediste que no te busque, que no te llame, que no piense en ti, que no sienta nada por ti. Y yo, contra mis propias ganas (que a veces, sabrás, son muy fuertes) me amarré todas las emociones y las puse en una bolsita negra dentro de mi mochila, para cuando llegue el momento preciso saque la bolsita y la dispare lejos de mi vista y así, milagrosa y teatralmente, me olvide por completo de ti.

Pero, yo ya viví esto, ya lo viví mil veces, y no me sirve que me digan que "nadie se baña dos veces en el mismo río" yo ya conozco esta historia, como quisiera no saberla de memoria, no saber lo que viene a continuación.

No importa, admito que también me siento seducida ante esta brillante oportunidad de otro rechazo... y que no se me malentienda, es básicamente por lo que trae consigo.


Ya hice mi parte del juego, ya hiciste la tuya. Ahora espera un tiempo más por mi respuesta, no mucho, ya sabes que no sé guardar la compostura.


Te veo luego.

No hay comentarios: