19.6.09

Magdalena ha recibido tres disparos directo al corazón y una mordida en el orgullo.


#1:
Una hora puede durar los minutos que él decida. Dieciséis y veintiocho, significa su voz mostrándome cierta emoción, una emoción que me cierra los ojos. Me llenan el alma de pasado. No quiero nada más que quedarme a esperarlo. No quiero nada más que desterrarlo y cerrarle la puerta a las ganas que él tiene de poseer aquello que todos han tenido y que es lo único que yo le condiciono.


#2:
Ella, ella, ella. Podría bien decir: yo misma. Podría haber no inventado todas esas dementes maneras de sobrevivirla y haber seguido abriéndole el camino. Pon en duda a todos, menos a mí. Pon mi piel en la orilla del olvido, pero nunca de tu olvido.


#3:
Un domingo, un día cualquiera, sus ojos a través del silicio. Lo recuerdo, lo reconozco, le doy la bienvenida. Él se entrega, se deja acariciar, se delata sin temor. Y de pronto, no hago nada más que sonreír y ya me perdí en el peor momento de la noche. Y él ya no me mira, no me habla. Y alguien detrás de su sombra, se burla de mí. Yo caigo.


+:
Él no le dio un beso, no mordió sus clavículas, no dejó ninguna marca en su piel. Si ella se quedó con su perfume fue por propia iniciativa. Golpe al ego, patada a la confianza, mordida al orgullo. Punto aparte, punto para la amistad.



Y después le preguntan por qué no puede dormir.

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