9.8.09

Un sábado cualquiera, al menos eso era hasta antes de verte. Un día lleno de esas chispas de vida que hacen que creas -por un minuto, al menos- en las casualidades.

Salí de casa rumbo a cualquier lugar, tenía la música en alto y en la mente la sola idea de desaparecer, de dejar de ser, o quizás de ser alguien más.

Llegué al lugar más céntrico, pensaba en que quería empezar la noche lejos de casa y no regresar hasta que no aclare mis ideas.

De pronto, te vi.

Levantaste la vista mientras revolvías tu cabello con tus propias manos, encendías un cigarrillo nuevo con el que estabas terminando de fumar, un agujero en tus pantalones dejaban ver una herida reciente en tu rodilla derecha, aquella camiseta que supongo alguna vez fue blanca, estaba cubierta de un gris que resaltaba el color de tu piel. Yo tenía los ojos puestos, desvergonzadamente sobre ti, estaba investigándote, espiando sin astucia tus movimientos y tú respondías con una agresividad que retroalimentaba las ganas que tenía yo de seguir viéndote.

El sonido de la noche me despertó de aquel momento. Decidí cambiar de rumbo, finalmente, estaba sola y podía ir a donde quiera.

Llegué a un bar, me senté en la barra y encendí un cigarrillo. Me quedé pensando en las cosas que habían pasado durante el día, menudo momento para meditar, en la barra de un bar, en el medio del ruido y a mitad de la noche.

Alguien me invitó a bailar, compré una copa para ponerme a su ritmo y pasé parte de la noche en halagos que ya sé con qué fin se emiten. Los recibí, porque estaba sola, porque no tenía nada mejor que hacer en plena noche, en aquel lugar, o quizás si. Entonces, cansada ya de escuchar los mismos piropos de fin de semana, tomé mi bolso decidida a salir, encendí un cigarro y me levanté de la mesa dejando sorprendido a mi acompanante de turno, que se había gastado un par de horas para que yo me vaya de su lado y el se quede sin siquiera mi nombre real.

Entonces, antes de cruzar el umbral de la puerta, nuevamente tú. Sentí que me temblaron las piernas, sentí el frío de toda la calle en mi cuerpo, en medio del infierno, me miraste fijo y yo sentía frío.

Me acerqué hacia la barra, mientras decidía si quedarme o no, y mientras identificaba qué podías estar haciendo tú en ese lugar. En el mismo lugar que yo, otra vez mirándome a los ojos. Encendiste otro cigarrillo y timidamente te sentaste a mi lado. Yo mucho más tímida, bajé la mirada, quizás para evitar mirarte, quizás para no sentir tan fuerte tu mirada sobre la mía.


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