7.9.09

Hago un orden ficticio de mis noches en vela, te ato de las manos y te siento frente a mi a contarte con lujo de detalles, aquellas cosas que creías saber. Me pongo en riesgo, pero así es como me gusta estar, no temas.

Hago una cruz en tu pecho, una marca de fuego en tu espalda, mi territorio marcado en tu cuello. Hago mi camino sobre tu cama, sobre la mía eras bienvenido, pero creo que el miedo te impide acercarte más. Más.

Cruzo y descruzo las piernas ante tu mirada atónita, te tengo hecho un manojo de nervios, un adolescente radiante, un hombre completo y me encanta.

Me miras saboreando los bordes de tus labios, te miro fijo y te exijo en los míos, te ordeno con una mirada a morder el veneno, a encantarte con mi piel.

Pasan las horas, pasas suavemente los bordes de tus dedos por mi espalda, erizando sin consideración mi piel, exponiéndome ante este mar de gente que finge no vernos. Todos ellos que actúan como si no se dieran cuenta de tu anillo en la mano izquierda, de la mitad de edad que te debo, de las marcas en mi piel, del deseo que baila sobre la mesa. Fingen no ver nada, a pesar del espectáculo de tu cuerpo a mi lado, nada.

Y así es mejor. Te tomo de la mano y te llevo deslizándome hacia afuera, hacia la salida peligrosa, la puerta de tu auto, hacia la solitaria entrada a nuestra habitación. Quisiera poder perderme, quisiera quererte un poco más y que todo lo que haces valga la pena.

Un remolino me toma del cabello, me arrastra sin fin hacia el universo que no quise ver, me golpea luego, me despierta.



Despierto.

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