29.12.09

Yo siempre creí que una de las cosas que mejor hacía, era escribir. (Y no quisiera abrirme del tema explicando las diferencias entre mi ausencia de humildad y mi ausencia de autoestima...)

Entonces, le atribuía esas ganas de despertarme todos los días y sentarme/pararme/echarme a escribir, en la casa, en el auto, en medio de la pista; a una especia de herencia genética. -Algo bueno debe haberme dejado mi familia-

O quizás a la simple necesidad de poetizar y dramatizar mi día a día, y qué más da. A mi me gustaba, me hacía sentir bien, le daba un único valor agregado a mi actividad respiratoria.

Luego, yo ya no escribía del mar o de algún amor, correspondido o no. Ya sólo escribía sobre lo que sentía después de él.Y ¿quién es el? Un nudo en la garganta, la versión fallida de mi vida perfecta, el prohibido. Sin entender nada, un día, él, indignadísimo; me dijo que soltar palabras descarriladas no me iba a convertir en poeta y yo privada desde el nacimiento de toda sensatez, no logré pensar en nada.

Sólo me di cuenta que había transformado lo único que creía bueno de mí, en un placebo al que me hice adicta y por supuesto, estaba vendiéndolo todo por conseguir más.

No pude dormir por tanto llanto. Y nada me despertaba desde aquella noche.

Ahora, me duelen las manos, me queman. Sus venas están llenas de letras que se mueren de vergüenza de juntarse y formar palabras, que formen frases, que formen poemas o algo más. Se mueren de vergüenza de que él me haga notar -otra vez- que nunca seré suficientemente buena.






Por favor, no me tomes tan en serio.

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