4.6.10

delirante

El pone su brazo derecho, fuerte, firme; debajo de mi cabeza. Siento paz. Conozco la paz entre sus brazos. El me la presenta, la saludo, brindamos, bailamos.

Y como en el cuento, ella huye, se va olvidándome a mi enterrada encima de la cama. Me deja como una zapatilla de cristal, me deja en medio de la pista de baile. El palacio de su piel está todavía rozando mi cuello. Pero nada me salva de la soledad.

Entonces mi cabeza se hace grande como un globo y empieza a volar, pasa por tu casa, pasa a decirte buenas noches, pero otra noche más; no has respondido. El palacio está en silencio, mi cabeza ahora es algo más grande que mi propia vida, le debe pesar.

Tengo a todos los pensamientos rodando por entre las costuras de mis cabellos, todos gritan en desorden, no soporto más, quiero estallar. No me muevo, no quiero derrumbar la delicadeza de su respiración, silencio en el palacio.

Mi cabeza ahora rebota por las colinas del pasado, me encuentro con Dioz y le pregunto por madrugada. Me habla, me hace reír, se va. Dioz se va a dormir y yo sigo rebotando.

Se me rompen las pupilas, se me dilata el corazón y la piel enchinada no tiene piedad con el frío. Se acaba la noche, la cabeza se reduce a su tamaño natural.

Los pensamientos se hacen chiquititos, pero no se callan.



Despierto en un castillo.


Y no he dormido en toda la noche.

No hay comentarios: