18.6.10

(I)

Era medio día cuando se te acercó tambaleándose, tu rostro no mostraba miedo, aún en el estado en el que él estaba. Te pidió un cigarrillo, abriste tu cartera y le ofreciste la cajetilla, tomó dos y se quedó mirándote fijo.

Al devolverte la cajetilla rozó sus dedos contra los tuyos y el fuego de los cuerpos se sintió hasta el infinito, verlos era un espectáculo maldito; esa danza que por tan romántica llegaba a ser despreciable y más aún por verte sumida hasta la coronilla en su ritmo.

El sonrió y se alejó, lo suficiente como para que no lo pierdas de vista, se ubicó como si conociera a la perfección el ángulo en el que lo verías, desde tu lugar, directamente. Se cruzó de piernas apoyado en el primer asiento frente a la gruta de alguna virgen que no conozco. Lo recuerdo, como si viera una foto, como si viera una y otra vez la misma imagen. Lo recuerdo, porque tú lo recuerdas, Eme.

Desde donde estabas podías ver la mágica composición de su rostro, sus cabellos claros y ensortijados. Sus manos blancas y fuertes, su abdomen firme a pesar de su posición, sus piernas formadas como si fueran esculpidas y su espalda ancha, la medida perfecta para tu cuerpo.

Podías verlo hablando solo, llevándose una y otra vez tus cigarrillos hacia sus labios, acercándolos, tentándolos a saborearlo, pero alejándolo luego con algún gesto propio de su monólogo. No escuchabas qué decía, pero yo escuchaba lo que deseabas que dijera.

Deseabas que esté hablando de ti, que le contara a esa virgen sin nombre lo mucho que te quería. Que le pida que lo quieras igual. Interrumpías tus propios pensamientos para repetirte con las manos apretadas que así era. Que nada había que pedir porque tú habías pedido lo mismo, y ahora ambos estaban siendo escuchados. Sus deseos eran órdenes. Claro, en tu imaginación.

Sabes bien, Eme; que él te quiso mucho y que seguramente te quiere aún un poco, sabes bien que sin él no hubiera sido posible disminuir tu locura, si el no hubiera existido, estarías, tú, tres metros bajo tierra.

Sabes también, que yo conozco más allá de lo que tú puedes -o quieres- ver. Yo conozco las verdades que tú crees muy bien ocultarme. Y por más que sus dos cuerpos estallen al acercarse, en ese peligroso juego que a los dos les gusta jugar, las chispitas se quedan por un tiempo muy corto como para cegarte.

A ti ya nada te ciega.

Lamentablemente, tienes vendados los ojos.

1 comentario:

Marino Baler dijo...

Me ha gustado el relato. Las cosas del corazón son dolorosas, pero los juegos que llevan a ese dolor son atrayentes. A veces se entra en una espiral de la que no se puede, no se quiere, salir. Creo que todos, en alguna ocasión, hemos sabido eso lo que es.

Un saludo.