25.7.10

Eme se despierta sobresaltada, los ronquidos de su acompanante habían acabado de taladrar el poco sueño que alcanzó al terminar la noche. Suavemente le tapa la nariz y él se recoge sobre su cuerpo amplio y se da la vuelta. Ella se sienta sobre la cama y trata de identificar el aroma de la noche. Humo y frío. Le gusta. Se antoja de un cigarrillo que no logra encontrar.

Angustia.

La carcome, lo identifica, reconoce su propio mal. Eme se angustia y no sabe por qué. Le falta el aire, su rostro se transforma en una máscara terrorífica y dramática, mientras la bombardean pensamientos en todas las direcciones posibles.

Se acerca hacia la ventana, se acuerda de él. Voltea la mirada hacia el cuerpo dormido, angelical, abandonado sobre la cama. Sonríe, voltea la mirada y entra otra vez en el infierno.

Da vueltas sobre su propio eje, la destrucción es inminente, sus latidos se aceleran y su pecho cerrado intenta controlar el líquido que sube desde su estómago y cae, derrotado por sus ojos.

Piensa en él, piensa en la hora. Es tarde para estas cosas, es tarde para que los recuerdos la golpeen con tanta fuerza.

Piensa en él, piensa en su voz, es muy temprano, es tarde, es el frío, la noche, los días agotados.


Su cabeza explota.

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