21.9.10

Eme se jactaba de la comodidad de una cama para ella sola y la libertad de meter en ella a quien le plazca. Ante el resto de gente, ella era independiente y decidida. Dejaba una estela de seguridad en sus pasos y daba la impresión de que tenía de certeza lo que le faltaba de sensatez. Sin embargo, el terrible ruido de la casa vacía le impedía dormir. 

El insomnio era para Eme, como su invierno portátil, sola no dormía nunca, en lugar de eso, se pasaba las noches revisando sus propios diarios íntimos, leía cada uno según el ánimo y éste dependía de a quién quería recordar.

- Horas antes, esa misma noche, Eme había sido cortejada por un hombre en un café. No era novedad para ella, si; quizás, no era del todo atractiva, tenía modos que no pasaban desapercibidos. Eme se dejó seducir, o mejor dicho, le dejó creer al hombre que él la estaba seduciendo.

Había pasado casi veinte minutos mirándola desde una mesa cercana. Eme bebía café negro y tenía un cigarrillo en la mano derecha, el celular al lado izquierdo emitía una ligera vibración anunciando una llamada que se repetía y que Eme no quiso contestar. Desde donde estaba, ella correspondía la mirada, pero sus gestos la hacían parecer desinteresada, aunque en realidad, le daba lo mismo. El hombre llamó a la mesera, y ésta se acercó luego hasta donde Eme y le preguntó si le molestaría la compañía.

Eme fijó los ojos en los del hombre que parecía un poco avergonzado. Levantó su taza de café y se acercó sin quitarle la mirada, hasta su mesa.

No sé si sea buena compañía - dijo - y se sentó cruzando las piernas. Él soltó una pequeña carcajada nerviosa y le pidió disculpas por el atrevimiento, Eme pensaba que el atrevimiento había sido de ella, pero sin embargo no dijo nada y le dio un sorbo a la taza de café. Conversaron durante un par de horas, él ahora bebía whisky, ella sólo fumaba mientras escuchaba lo que el hombre decía. Las cosas que él omitió, eran las que ella había notado desde la primera mirada.

Eme se recriminó a ella misma esa fortuna (buena o mala, a juzgar) de encontrar siempre el mismo perfil en los que se le acercaban. Casi siempre accedía y tenía luego que ocultarse hasta casi desaparecer para sacárselos de encima.

La conversación se tornó tediosa y casi monóloga, se sentía perturbada, sentía que ese hombre estaba importunando sus pensamientos. Súbitamente, se levantó de la mesa, le dio un beso húmedo en la mejilla y salió del lugar. Él se quedó atónito e hizo una expresión de desconcierto de la que Eme se reiría más tarde camino a casa.

Mientras avanzaba, pensaba en todas las cosas en las que evitaba pensar durante el día, caminaba fumando un cigarrillo y haciendo cuentas de cuántos iban. No era tan tarde, sin embargo Eme sintió que el frío le atornillaba la cabeza, estaba a pasos de la puerta de entrada pero sentía un nudo extraño en la garganta. Sacó el celular del bolso y empezó a revisar las llamadas que no contestó. Tenía la mirada fija en la pantalla del móvil, y sólo la levantó para colocar la llave en la puerta.


Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se vieron. Él se acercó imprimiéndole un beso en los labios y ella respondió el gesto mientras le  apretaba por la espalda la camiseta blanca. Respiró en su cuello tratando de guardarse tanto aire como le fuera posible.

- Eme había salido presurosa del café tratando de evitar llevarse a la cama a un hombre que se iría luego a cumplir sus labores en una casa real. Había evitado jugar a la niña - mujer de alguien que ya tenía una vida real, y casi había huido para no tener que caer en ello por evitar la soledad. Pensó que prefería dar vueltas en la cama hasta que el sueño la alcance, pero sus planes cambiaron sorpresivamente, como era todo con él.

Esa noche hicieron el amor en la cama y en el suelo, la madrugada tenía más horas que el día, decía él. Y ella lo miraba complacida de que sea él quien la acompañe esa noche.

Cuando él la acurrucaba entre sus brazos, Eme sintió nostalgia del futuro, sintió miedo de que desaparezca nuevamente y nuevamente, ella no pueda dormir, se quedó despierta entre sus brazos, de cara a la ventana sin cortinas mirando al sol aparecer.

La madrugada tiene más horas que el día, era verdad. Y él debía partir.

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