8.9.10

Ni una palabra quedará, siquiera,
amor que eras mi amor, que eras mi vida.
Ya no te digo adiós, ni hay despedida
ni volveré a llorar por lo que fuera.


En mi pecho se siente como se debe sentir la pérdida infinita de un ser amado, se siente así. Aunque tú estás aquí, quiero decir, en el mundo, y yo corriendo el riesgo de algún día salir a la calle y toparme contigo, ¿qué serías? ¿un fantasma? ¿un resucitado? Quizás mi mente me juegue una mala pasada y seas sólo un recuerdo borroso, de haber sido todo en mi vida, quizás, si llegara el día, pasarías a ser un deja vu, un truco mortal, la broma del mes. Si llegara. Y si no, entonces esperaré que el tiempo se acabe en mis recuerdos, porque nada dura para siempre y porque no podré mantenerme viva pensando en ti. Y se me acabará el llanto y pasaré a reírme abrazada a otros cuerpos a revolver mi aroma en una cama que me quiera atada a ella.



Dónde quedó el terror frente a la espera,
dónde el pretexto fácil de la huida:
estoy de pronto, como adormecida,
brazos ausentes, párpados de cera.


A veces me dejo caer en algo parecido al sueño y pienso en qué estarás haciendo, pienso incesantemente en si pensarás en mi, pienso en todas esas posibles reacciones para acciones pasadas, en qué hubieran cambiado del presente o del futuro: Mientras pienso paso del sueño al purgatorio, una noche cansada y llena de gritos cae sobre mi espalda y la flagela, caen lágrimas parecidas a las de la pena, pero estas vienen más saladas, acompañadas del cansancio de haberme creído mis propios cuentos. Caigo.


Amor que eras mi amor, estas tan lejos
que tu imagen se vela en los espejos
y está la niebla donde había llamas.


Y si es que en algún momento la vida te regala un poco de duda y esta se cruza impertinente con el deseo, espero no estar cerca, espero que me busques y que no me encuentres. Espero desvanecerme, actuar  adrede, superar la ternura que tanto he predicado y dejar que se claven las espinas en tu frente. Aunque vuelva, luego, a llorar por el vacío que dejas, por las marcas en la piel.



Oigo que rondas pero no te veo,
vuelvo a escuchar tu voz, pero no creo.
Ya no importa si estás ni si me llamas.


Podía haber jurado que la seguridad que tenías en mí aumentaba tu entusiasmo. Cada vez que te ibas y poco a poco, con una timidez impostada, regresabas, yo estaba, claro que estaba. Ponía cubiertos de oro, manteles de seda y mi cuerpo entero a tu deleite. Y cuando me di cuenta que también te gustaba -sólo un poco- jugar a que me buscabas entre los cuerpos ajenos debajo de mi cama, entonces, empecé a esconderme un poco más, y tú estabas, claro que estabas. Y dejabas tus huellas, marcas de territorio. ¿Cómo no te diste cuenta, tonto león indiferente, que el resto no eran compañeros del juego, sino simples piezas que a veces me hacían reír?



He rogado porque me llames, porque me des la oportunidad de decir adiós, estrechar tu mano, quizás, quizás robarte un beso y dejarme ir. Abrir la jaula en la que me encerré yo misma, y tirar la llave al mar. He pedido que te ilumines y entiendas la necesidad que tengo de cerrar este capítulo. Pero ya no sé de tiempos y el miedo de tomar la decisión y que aparezcas luego a desafiar mi vanidad, me hace débil.

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