1.12.10

Las canciones me acaban de cuando en cuando. Me siento al filo de la ventana a mirar el humo de mis propios cigarrillos, a desesperar para obtener una sonrisa de algo que no existe. Me quedan un par de recuerdos pálidos que desgasto sin compasión, mientras, en este borde, nada nuevo parece querer llegar.

Está bien, a estas alturas de la noche, quizás lo que  duela más sea un "hola" que un "adiós" ya me conoces, prefiero guardarme bien el corazón, protegerlo. Late impertinente, igual que antes y si el no ve, yo no veo. Impertinente, entonces, me doy también contra las paredes. Y sangro. Y últimamente prefiero guardarme bien el corazón. ¿Entiendes?

El silencio en las noches da tanta paz como angustia. Son valiosos esos momentos en los que salgo de la angustia y entro en paz. Pero son más los momentos contrarios y a veces, muchas veces, estás tú en esos momentos. En mi pensamiento, porque desde que te niegas a venir, no te veo más que en pensamientos.

Eso también pasa cuando dejo caer el agua sobre mis hombros. Es quizás el momento en el que más te recuerdo. Tus manos eran tan suaves como látigos en fuego. Dolorosa satisfacción. La memoria me juega malas pasadas y si el recuerdo de tus manos en mi cuerpo se llegara a perder en mi cabeza, entonces, sinceramente, yo no tendría nada más que hacer aquí. Volaría quizás más lejos de donde tú estás. Quizás simplemente, dejaría que la vida se me acabe. No lo sé, no quiero pensar. No quiero olvidar.

Paradoja constante.

No puedo más con los recuerdos. Necesito nuevos recuerdos. Necesito que vengas e inventes un nuevo despertar, que me cubras los ojos y me hagas reconocer el aroma de una flor que no conozco. Algo, inventa algo para mí y haz que tu ausencia sea sólo un mal sueño, del que no me quede si quiera un deja vu. Nada. 

Eran graciosas esas tardes en las que simplemente nos mirábamos, nos encontrábamos en cada parte del otro. Yo en tus manos, tú en mi pecho, yo en tu espalda, tú en mis labios. Sólo con mirarnos, reflejábamos el rostro de paz del otro. Tengo una pregunta ¿Sabes cómo se llama eso? 

Se llama magia.

Y yo desde hace mucho tiempo ya no sé hacer ni chispitas. Nada de lo que aprendí de ti, funciona conmigo, ya no más. 

A veces la música acaba conmigo. Y mis esperanzas, lejos de fortalecerse, se debilitan hasta derrumbarme.

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