1.2.11

El calor ha llegado a la ciudad. Las ganas de esconderme debajo de la cama se quiebran al darme cuenta que más que un refugio, sería una condena. Por las noches, un poco de lluvia me acompaña. Tú sabes, esa lluviecita casi inexistente, muy Limeña y encima, en verano. 

Escribir ya no es una necesidad y quizás eso me duele más que cualquier golpe. Mis manos aprendieron a callarse. 

Siento que todo mi cuerpo ha aprendido a callar. Las explosiones internas son cada vez más escasas, cada vez menos urgentes. Ya no siento ahogo de letras, ya no siento desesperación por las palabras. Ya nada grita en mí.

Hasta me avergüenza escribirte, sabiendo que no estoy diciendo lo primero que se me ocurre, sino, muy por el contrario, estoy tratando de escoger entre todas las palabras que tengo en la cabeza y darles un orden lógico y armónico. Aún así estoy fallando.

Las ausencias se marcan en diferentes caminos, las que ya no se deben curar, las que no se pueden y las que no se quieren.

Estoy aprendiendo a cubrirme los brazos, pero no puedo evitar sentir que eso me deja el resto del cuerpo inmóvil.

¿Qué dirías si estuvieras aquí?




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