10.3.11

"¿De verdad me quieres?" preguntó Eme
"Más que a mí mismo" respondió él.


Eme despertó sobresaltada, otra vez había soñado con él. Había pasado demasiado tiempo y el sueño la preocupaba, no sólo porque la llevaba a recorrer caminos que ella misma se había prohibido, sino y más que nada, porque se daba cuenta de lo borrosos que se habían vuelto los pasos andados. 

¿Qué hay para hacer en madrugada? 

Era de las pocas noches en las que Eme había conciliado el sueño y la mala suerte lo había traído a él de regreso, enmarañado en piezas faltantes del rompecabezas de lo que alguna vez fue su vida ideal.

 Puso los ojos en el último cajón del armario que había envejecido durante la época en la que se le ocurrió envejecer todos los enseres de la casa. Eme es así. Se le mete una idea en la cabeza y no puede detenerse hasta haberla concretado.  Y cuando falla, ¡ah! pobre Eme, cuando falla. Su mundo se vuelve gris y toda la euforia que mantuvo mientras tuvo el propósito se vuelve en su contra en forma de odio. 

Se levantó de la cama de un golpe hacia el cajón, lo abrió y desesperada empezó a rebuscar en sus antiguos cuadernos, en los diarios que conserva solamente para mantener el registro. La mitad anterior la quemó en un fallido intento de entregarle su vida a la muerte. Cuando despertó del trance, se encontró con que no recordaba nada con claridad y al buscar soporte en sus cuadernos, cayó en cuentas de que ya no estaban más. Había asesinado a sus recuerdos. Nada le dolió más y desde ese momento decidió guardar los que nazcan, para siempre.

En cada hoja que miraba había un universo de códigos, frases encerradas en comillas, citas textuales, números, horas, fechas. Vida. Habían diferentes vidas. La habían habitado tantas personas, que todos esos recuerdos se habían transformado en seres vivientes, en compañeros del insomnio, fumadores cruzados de piernas esperando la hora del café. 

Se arrepintió de todo lo que había hecho y antes de que las lágrimas ocupen el espacio vacío de esa habitación, se puso maquillaje y salió. 

"La calle es el mejor lugar para esconderse" Repetía entre dientes su frase favorita de una de las últimas cartas que él le recibió. La calle es el mejor lugar para esconderse y ahí estaba ella, en madrugada Limeña, protegida por las paredes pintadas y el asfalto lleno de cicatrices, resguardada, a salvo. Alicia en el país de las maravillas. 


Todo es tan fácil de conseguir en Lima. 

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