5.4.11

Ese gran día, fue el inicio de un clásico final. Un final anunciado con bombos, platillos y fuegos artificiales. Que no te hayas dado cuenta, no era cuestión mía. Yo había tomado una decisión y el universo entero había formado parte de ella. No eras tan inocente... Tendrías que haber sabido.

Cuando todos te dijeron lo que te dijeron, cuando susurraron a mis espaldas y frente a ti, cuando te prohibieron, te exigieron, te suplicaron. Te dieron todas las pruebas y tú las despreciaste porque preferiste confiar. Y no en mí, sino en tu ceguera, en eso que quisiste llamar amor.

Debiste haberlos escuchado, haberte mirado en el espejo y  haber sentido lástima por esas bolsas debajo de tus ojos, por tu piel cada vez más cuarteada, por tus labios secos de tanto esperar un beso recíproco. Lo siento, no era que no sienta, era que tú siempre sentiste demasiado.

Ese gran día, fue el principio de la catástrofe. "Que pase lo que tenga que pasar", dijiste. Y así pasó.

No sólo derrumbé entero tu hermoso castillo de naipes, sino que bailé sobre tus deseos, pisoteé tu angustia y me revolqué con todos tus delirios. Así como te hice mía, así también te destruí.

Me diste las llaves de tu casa, y no conforme con entrar y desbaratar todo a mi paso, reventé las lunas, vomité en tu almohada y te dejé un beso en el espejo con la esperanza de que al mirarte mañana por la mañana, sepas qué es lo que no debes volver a hacer.

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