6.7.11

Susurraba mentiras cerca a mis labios

La perfección estaba en ese lugar. Su cuarto, ordenado obsesivamente, era el punto de encuentro de dos amantes desesperados. Fuera de esas cuatro paredes, sus risas eran compartidas con personas cercanas a las que les mentían en la cara, negando hasta con los gestos el real lazo entre ellos.

Todo era perfecto. El color de las paredes, la forma de la cama, las cortinas que había colocado porque a su novia le molestaba el sol por las mañanas, el olor de su almohada, la alfombra suave. Hicieron el amor en cada rincón. Él mantenía el orden aún cuando ella era un huracán desesperado por reconocerlo todo. A medida que iba abriendo cajones, revolviendo cada uno hasta quedar satisfecha con la historia de cada elemento; él iba poniendo todo en orden, iba guardando sus historias a donde pertenecían, regresándolas a su hábitat natural.

Conocían sus secretos más profundos, se reían por horas de las cosas que contaban. Él le doblaba la edad, pero tenía una belleza y una frescura suficiente para que nadie lo creyera. 

Magdalena había sido siempre un desorden completo y eran opuestos sólo en eso. Por lo demás, compartían hasta las perversiones y quizás esa fue la razón de la abrupta separación.

Ella lo supo desde antes de que él se aleje. Él se fue sin decir una palabra, pero Magdalena podía reconocer la despedida en cada movimiento. Esa noche él fue suave, como nunca antes, le acarició varias veces el cabello despeinado y le mordió ligeramente el cuerpo. Le pidió que lo abrace después del acto y se quedaron así, fumando un cigarrillo tras otro, por casi dos horas. Esa fue la primera vez que él no guardó la almohada que no le pertenecía.

Y fue la última vez que se vieron.


1 comentario:

David C. dijo...

triste final.