8.8.11

Después de prometerme a mí misma y a mí misma traicionarme,
 me encuentro aquí, lejos, escribiendo desde el dolor del pasado.
 Hoy  no quiero volver. No quiero más que vuelvas.


Agotada. Agotada al punto que no puedo esperar más. Al punto que dejo que las cosas caminen por el techo, el mismo que tocaba antes con los dedos llenos de felicidad. Y tú, de lejos, le sonríes de frente a mis ganas absurdas de esconderme detrás de las lágrimas que irracionales, nacen y mueren en mis ojos.

Pero ya no eres el mismo y no lo sabes, sin embargo, yo que te observo desde siempre, desde el primer enero, me doy cuenta que ya no te encuentro y otra vez cae el puente, caen las lágrimas.

He llegado a presentir que tu naturaleza es esquivarme, es morir del lado de la nada, de un amor que no es amor sino nada más sucio que el cuerpo. He notado en tus letras, esas que nunca enviaste, que ya estás caminando de otra mano y por eso te niegas a volver.

Debo confesar que por momentos he deseado tu muerte. He deseado verte tendido y ensangrentado. Debo confesar que deseaba ser yo la que cure tus heridas con desentonadas lamidas que, por supuesto, no rechazarías.

¿Por qué entonces con tanta furia te deseo muerto, pero en mis brazos? ¿Por qué busco inconsciente a través de tus latidos el ritmo disonante que me libere de ti?

La triste respuesta llega en la desidia del viento. Peor que la negativa, la incertidumbre de no poder decir "debo seguir" o "debo seguir más fuerte"

Porque te encontré en una piedra y te hice anidar en mi pecho, sabiendo o sin saber que las piedras no sobreviven a la distancia. Y me doy cuenta tarde; la distancia corta el viento que debía traer tu aroma, el viento que debía devolverme tus labios.

Por favor, apresúrate a perderte, que las ganas en mí siguen intactas e incendiarias y tú tocas todas las puertas menos la mía, la mía que es la única que permanece abierta, que tiene flores niñas colgadas, que tiene jazmines para que te diviertas en su  olor. La que tiene señas para guiarte hacia su centro.

Maldita la voz que te detiene, esa voz que nace dentro de ti, yo lo veo porque a mis ojos nada se llega a ocultar, tú y sólo tú eres el dueño de la arena que se enreda en tus pies y te impide seguir andando.

Yo y sólo yo, la única que cree en estos cuentos.

1 comentario:

ALA_STRANGE dijo...

Conmovedor. Sos muy buena escritora