6.9.11


Finalmente, el momento llegó. Todo lo que había escuchado, todo lo que había visto, todo lo que me habían contado se estaba haciendo realidad en mi carne, en mi llanto.

Me repetí a mi misma que eso no estaba pasando, que iba a abrir los ojos. Por favor ¡que alguien me despierte!

No fue una pesadilla, no estaba dormida.

La realidad de la vida tal como la aprendí en la escuela, estaba parada frente a mí y me golpeaba y yo, tenía que agachar la cabeza. Tenía que admitir que me había ganado.

Naces, creces, te reproduces y mueres. Y en el medio, todo lo que pasa te hará daño hasta el momento en el que puedas aceptar que no hay forma de cambiarlo.

Me decían: “no seas egoísta, ya está en un mejor lugar” y algo me dice que sí, si ya no está en este mundo, sin duda está en un lugar mejor, pero no puedo evitar ser egoísta, no puedo evitar llorar y pensar que nunca más le besaré la frente, que nunca más la voy a ver sonreír.

Mi cómplice eterna, mi compañera y mi guía, no puedo evitar pensar que no te di ni la mitad de lo que tú me diste. Me duele, me lastima y me desespera porque no puedo retroceder el tiempo y darte un poco más.

Todo lo que duele está en mi cuerpo, adentro y afuera. Todo lo que se recuerda es un golpe que me deja en el suelo cubierta en sangre y esta vez tú no me puedes curar.

Me sostiene la idea de que te fuiste tranquila, que te tomé la mano y aún en tu agonía tuviste fuerza para bromear y hacerme reír, como para que me quede con ese recuerdo, como para que mi alma no se parta en cien pedazos y deje caer mi cuerpo en un abismo.



Cuando alguien se va
El que se queda
Sufre más.

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