24.2.12

Los tiempos han cambiado -dijo apagando fuertemente su cigarrillo contra el suelo. 

Volteó el rostro directo hacia mí y con lágrimas en los ojos me miró de arriba a abajo, como quien trata de reconocer un lugar, como quien inspecciona un terreno árido. Pude sentir sus ojos punzantes sobre mi cuerpo, pude sentir la calidez de sus lágrimas y el temblor en sus mejillas. Sentí su respiración agitada a pesar de la distancia, sentí la vibración de su voz entrecortada. 

Yo era un elemento y él era el poseedor. Era arcilla y por alguna razón que no entendía, él estaba moldeándome con el simple hecho de mirarme fijamente. 

Durante los poquísimos minutos que duró, todos mis sentidos se apagaron. Él había entrado en mi casa y había puesto una bandera con su nombre, yo era todo lo que él hacía, decía, sentía y hasta pensaba. 


Antes de ese día, yo era un nudo recio y vigoroso al que él se aferraba para no caer al abismo, en adelante, el nudo estridente había pasado a ser jirones de tela que necesitaban, que rogaban porque sus manos se mantengan juntas y así, mantenerme íntegra.

Sin embargo nada fue suficiente y él soltó sus manos, el nudo se desmadejó hasta quedar en una hilacha vergonzosa y miserable. Se marchó dejándome como última ofrenda el recuerdo de sus ojos claros y redondos aguados hasta el tope, dejando la colilla de cigarro con el sabor de sus labios en el borde y esa terrible sensación de que pude haberlo evitado.

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