10.2.12

Te lo dije, Eme. Te dije explícitamente que el tercer cajón de la cómoda antigua que heredamos de aquella anciana estaba prohibido para ti. Te pedí que si algún día te vencía la curiosidad -o la necesidad- y abrías ese cajón, obviaras ese paquete de cartas amarillentas; y que si la casualidad o la mala suerte te llevaban a encontrarte cara a cara con las letras azules despintadas y enredadas, contenidas en ellas, no te quiebres en pedacitos inapreciables.

¿Qué hago ahora? Me toca buscarte en los lugares más oscuros de la noche, me toca recordarte sutilmente que él no está más y que no hay fuerza humana que lo haga volver. 

Vuelve a guardar esas cartas, Eme. Escóndelas hasta que necesites otra vez saber que lo que viviste fue real, que existieron los dos. 

Prepárate un café, enciende un cigarrillo y siéntate en el sofá de siempre a escribir sobre su recuerdo.

No hay comentarios: