24.4.12

Para nadie,


Sin querer, Eme había dejado que sus labios corran por un camino que reconocía pero que se había negado a andar. Escuchaba música fuerte y dejaba que sus impulsos pasen sobre ella como caballos furiosos.

Alguien hizo la misma broma que tú le hiciste años atrás y no te recordó. Se siente bien, ¿no? ¿Estás feliz ahora? 

Al día siguiente, con las manos amarradas se tumbó sobre las piedras calientes e intentaba pensar en algo más, algo que no sea ese aroma frutado, que no sea la noche, que no sea el ruido o el movimiento. Era imposible, graciosamente imposible.

Días después volvió a casa, tomó una ducha fría y puso el antiguo disco que le regalaste. Recordó la broma, recordó tu reacción, las comparó divertida, eligió a la ganadora y se sentó a contarme esto.

Una Eme, dos.

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