4.9.12

Lo más terrorífico de tu recuerdo fue ese golpecito en tu puerta a las tres de la mañana, justo cuando habías conciliado el sueño, milagrosamente estabas dormida, tan profundo que no te diste cuenta de que habían estado tocando tu puerta por largos minutos.

Hace frío, quiero estar envuelta en mi cama.

Cuatro palabras irrepetibles, las menos indicadas para la situación, las más tétricas, como si no fuera una noticia fuerte, como si te avisaran que no hay más pasteles de fresa. 

Quiero estar en mi cama, envuelta, hace frío.

Son las tres de la mañana desde ese día y tus sueños repetitivos no te van a traer ni por un segundo el olor a jazmines y a perfume cítrico de su cuerpo, la pelusita blanca de su cabeza o la temperatura baja de sus manos huesudas. 

Quiero mi cama, estar envuelta, hace frío.

Parece que el mundo se hubiera detenido, como si no quisieras tener nuevos recuerdos para no permitirte olvidar los que ya tienes, tu mundo se ha detenido y te has quedado en madrugadas vacías en las que te esfuerzas por soñar con ella.

Hace frío en mi cama, quiero estar envuelta.

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