18.9.12

Se ha nublado el corazón de la ciudad y se ha forrado de crujientes latas llenas óxido que cae sobre los parabrisas ensuciando los recuerdos que yo había tratado de dejar marcados. Los espejos de tu casa se enmohecen con otros alientos olvidando que alguna vez fui yo quien dejó con lápiz de labios nuestros nombres encerrados.

Si alguien te preguntara si alguna vez te enamoraste de mí, ¿qué dirías? ¿Podrías decir que sí? ¿Podrías mentir? 

Esa noche tu rostro se iluminó como nunca antes. Yo te había visto en todas las formas y en cada una había reconocido y memorizado tus intenciones. Pero esa noche al fin vi tu rostro iluminado, reflejando mis ojos abiertos en tus pupilas y eras perfecto. Ponías las manos en mi vientre y la vida dejaba de doler, hacías bromas y el infierno ardia en mi pecho, me leías cuentos y yo rogaba porque ese no sea un sueño. Paseamos con tu mano en la mía y con mi vida entre tus manos, caminamos como si la prisa no se hubiera inventado y todo era felicidad a pesar del frío, a pesar de mí.

Debí saberlo, debí sospechar que nuestros destinos no existían unidos, debí suponer que tus manos sujetando las mías eran para que obtengas calor y no para sostenerme, debí entender que tus cuentos eran despedidas y no arrullos para mi sueño.

Llueve llanto sobre mi ciudad, mi casa está inundada de sangre que se atora en mis zapatos y me hace caer. 

Que nadie me pregunte nada.

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