8.12.12

C

Estoy rompiendo mi promesa, pero no importa, 
porque tú prometiste que siempre estarías conmigo 
y tampoco cumpliste.


El masoquismo emana un sabor dulcísimo cuando se trata de la comparación entre los dos. Él: no tan joven pero lleno de vida, tú: grande y desesperanzado. 

Tus manos son más fuertes, son manos más cansadas. Podrían ahorcarme con un solo roce. Sus manos son blancas y delgadas, con montones de líneas que ahogan su verdad. Él podría tocarme y hacerme temblar, podría rozarme y hacerme llorar, podría volver a hacerlo. Tú no quieres hacerlo nunca más. Primer punto en contra.

Me busca, no sé si por error o por deseo. Yo te busco y tú no te dejas encontrar. Strike dos.

Cuando lo encontré, decidí que lo pondría en el espacio que habías roto de mi corazón, porque pensé que si él lo ocupaba, tú no volverías nunca más. Me equivoqué, era demasiado espacio, no podría haberlo llenado, ¡No podría jamás haber ocupado tu lugar! y cuando se dio cuenta, lo rompió más, taló los árboles que con tanto esmero sembraron los que ahora son forasteros. Él rompió un poco más mi corazón. 

Dos a uno.

Nada de lo tuyo me permite abandonarte. Él me llevó por veredas que finjo haber olvidado, me cerró los ojos y me guiaba a empujones. Mi adicción a los leones de feria pudo más que yo. Caía de rodillas y sangraba y sonreía y le daba lo que quería, otra vez, una vez más.

Empate.

El día que me leíste la mano, me besaste la cicatriz grande de la izquierda y yo sellé imaginariamente tu boca en ella. Mientras besabas una por una las marcas de mi piel, me pediste que te prometa que no lo haría nunca más. 

Nunca lo hice por él, nunca lo guardé de esa forma en mi cuerpo, no porque no me haya dado motivos, sino porque hay cosas suyas que no necesito recordar.


Al final siempre soy yo quien pierde.

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