2.1.13

Yo había jurado nunca más meterme
a poder mío y a mi consentimiento
en otro tal peligro, como vano...


El zumbido en mis oídos llega cuando después de repetir mil veces la misma palabra, con la única ilusión de que se haga realidad, me encuentro de golpe con el vacío universal. Sujeto mi cabeza con mis manos y la levanto hacia el espejo frente a mí y veo mis ojeras más grandes que ayer. Han pasado muchos años desde el año pasado y siento que la involución se detiene especialmente en la puerta de mi casa. Quise pintar el marco con mi sangre -pero, uno siempre se obnubila en el momento inadecuado- y ahí entras tú en escena. Podrías haber sido cualquier otra plaga mortal, pero eres tú que no sabes ni dónde estás ni por qué, no sabes nada y yo te sigo porque me había prometido que no volvería a hacerme daño. Te sigo, porque me haces daño.

Después del zumbido viene el desborde de lágrimas, como el mar partido en dos, cayendo caliente por cada lado de mi rostro. Dejo caer mis brazos y el agua se empoza en mis labios, cualquier sabor está bien en este momento, tengo hambre. Hambre y necesidad. Podría haber escondido la manzana, pero así nadie me haya advertido nada, tuve que morderla, porque me hace daño.

Luego el desvanecimiento es total, la falta de aire, los labios secos, tengo arcadas incontrolables y tengo que guardar silencio. Me abrazo a mí misma porque la noche está llena de estrellas fugaces que anuncian que puedo morir en cualquier momento. Paso con asco mis dedos por mi cuerpo y siento cada una de mis fallas. Porque, había jurado no hacerme daño. Y paso mis dedos por mi cuerpo, porque me hacen daño.

Me hago daño.

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