25.7.13

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La calma llega eventualmente, la paz es inalcanzable, y sabiéndolo dejo de buscarla. Me conformo con dormir algunas noches. Todavía siento angustia al despertar, pero al menos estoy despertando y como tú dirías, eso ya es una ventaja entre los muertos, aunque no creo que los muertos piensen lo mismo.

Conservo algunas cicatrices deliberadamente, estratégicamente. Otras, he dejado que se vayan con el tiempo, con mis años mozos, con algunas memorias que antes repasaba obsesivamente. ¿El dolor? Ya no lo siento, pero no lo olvido.

Por momentos te pienso, me esfuerzo por dibujarte en mi imaginación, pronuncio en silencio tus palabras e intento sentir el color de tu voz, la calidez de tu aliento, el humo de tu cigarrillo, tu mano en mi mano. 

Tengo miedo. Paso los días entre el sobresalto y la ansiedad y las noches en duda por el día siguiente. Pero tengo minutos de extrema felicidad, de entusiasmo, de ganas de seguir. La seguridad es ajena, también, pero a ella sí la persigo.

No sé si quiera saber de ti, pero sé que tú no quieres saber nada de mí y por eso escribo esto hoy, porque antes pensaba que necesitaba que me veas y me conformaría con que sientas algo en ti, un recuerdo, cariño, pena, deseo. Ahora sé que no será suficiente, no quiero nada de ti, pero no será suficiente para mí con que me veas y sientas algo.


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