3.12.13

Siempre me preguntaré cómo haces para olvidarte de las cosas, para no sucumbir ante recuerdos que prometiste que llevarías contigo por siempre. Supongo que cumplir promesas no es tu fuerte, como tampoco mantenerte en un solo lado del mar.

Una tarde te pedí que no me dejes. Te lo dije mirándote fijamente a los ojos. "No me dejes", te dije. Y tú reíste. Y yo lloraba porque pensé que entendías la magnitud de mi pedido. Pensé que reías por mi absurdo, por la redundancia, no se me ocurría que te reías porque no estabas prestando atención.

Esa misma tarde te dije que mi corazón estaba roto porque tú habías venido a desordenarme la noche anterior  y no tenía cómo decirte nada. Pediste perdón, pediste que me olvide, me pediste un beso en medio de la avenida principal y eso para mí era más importante que cualquier dolor. 

Te besé esperando despedirme trágicamente y que al cruzar la pista me arrolle un auto a toda velocidad, porque todo contigo era así. Así tenía que ser, tenías que recordarme para siempre y no se me ocurría nada inteligente.

Me sujetaste del brazo fuerte, como si supieras, como si lo hubiese dicho en voz alta. Y yo solo pensaba que al fin habías tenido la valentía de tener una reacción en algo que nos involucre a ambos. Por primera vez estabas diciéndome algo y claro, seguramente no fue así.

O fue así y lo olvidaste mientras yo lo dibujaba para mirarlo a diario.

Cuando el último auto de la avenida avanzó, me soltaste el brazo y me dijiste que mire a los lados antes de cruzar, "la tragedia -respondí- eres tú, y aquí estoy".

Y aquí estoy.

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