5.3.14

Habíamos rodado por la cama enredados en lo que suponíamos era una señal de que el destino se había confundido con nosotros.

Paseabas tus labios alargados por todas las esquinas de mi cuerpo y me jurabas que era yo lo que habías estado esperando, que las almas gemelas existían y que nosotros éramos la prueba. Tocabas mis cabellos y respirabas en mi cuello mientras entonabas canciones que parecían escritas por ti, para mí. 

Te estirabas, alcanzabas un cigarro que yo encendía sin quitarte los ojos de encima y pensaba que necesitaba salir de ahí, escapar. Síndrome de Estocolmo.

Cada vez que iba a tu casa dejaba una huella de mí y me llevaba conmigo una parte de ti, me aseguraba de que me vieras en todos lados, así como yo te veía a ti, en todos los carteles de la ciudad.

Me ponía tus camisas y tú disfrutabas verme sentada con las cortinas abiertas sin nada más encima, los vecinos estaban aterrados y a pesar de tener que ocultarme, me lucías. No soy nada y para ti era un trofeo que querías que todos vieran.

Síndrome de Estocolmo.

Tengo que irme, pensaba. Tengo que escapar.

Antes de que sea tarde, antes de que me hables de ella, antes de que te aburras de mí y busques a alguien más que te ayude a sentir que dejaste huella. 


Habías dicho tantas cosas, en esa casa, en esa cama. Tantas, que jamás pensé que me podría ir de ti.

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