6.4.15

I

Sé los nombres de tus padres, su procedencia, algunos de sus gustos y debilidades. Conozco la dirección de tu casa, su distribución exacta, cada lugar en el que te refugias, cada lugar que evitas para evitar recuerdos. Sé dónde escondes tus secretos y tus demonios, los nombres de cada uno, la forma de ahuyentarlos. Sé en este preciso momento qué sábana cubre tu cama y cómo lejos de avergonzarte de ella, te causa gracia.

Conozco cómo se estiran ligeramente tus labios cuando te ríes, sé de memoria cómo suena tu risa, cómo suena tu voz cuando tienes miedo, cuando tienes ganas de besar, cuando no puedes contenerte más, cuando estás muy feliz. 

Sé que cuando estás sentado, mueves la pierna derecha más veces que la izquierda y que no lo habías notado hasta que yo te lo dije, sé que trataste de controlarlo porque me lo dijiste tú mismo, sé que hiciste eso por mí, como otras cosas.

Sé que tus labios se enrojecen más después de besar, conozco tu aroma, conozco la perfección de tu rostro, sé cuántos lunares tienes, el tamaño exacto de las uñas de tus manos, la forma de tus piernas, el color de tu pecho. 


Sé tanto de ti que a veces creo que te he inventado, creo que no existes y que retumbas en mi mente como parte de una creación dejada a la mitad. Es imposible que sepa tanto de ti y que no haya podido darme cuenta que te irías antes de que pueda evitarlo. 

Entonces, todo lo que sé es usado en mi contra, me pone contra la pared y me da el derecho de no permanecer callada.

Estoy gritando, estoy desesperada gritando para que regreses y después de todo lo que sé, quisiera no saber con tanta seguridad que no volverás nunca más.



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