26.5.15

Anna Begins

Al ritmo al que va mi mente, no sé si estoy pensando demasiado o simplemente no pienso en nada. Paso de slow motion a movimientos bruscos de juegos mecánicos de feria de fiestas patrias. Estoy sucia, estoy cansada, quisiera acabarlo todo de una vez, juro que quisiera morir pero antes, tener la oportunidad de no dejar nada que te hiera, que te pueda lastimar. 

Camino sin darme cuenta de nada al rededor mío, tropiezo con algo y quisiera que me hubiese roto la cabeza, sonrío. Recuerdo el día que saliste, como siempre, casi corriendo del trabajo y sin fijarte te diste contra un poste y te abriste la ceja. Faltaste dos días y al tercero apareciste con una costura de tres puntos que, después, mirándote al espejo dirías que te malogró el rostro. Ahí ya eras bello.

Entro a la farmacia, compro una pastilla sin receta y me tiemblan las manos, no sé qué estoy haciendo y no sé por qué no puedo dejar de hacerlo. Quisiera estar en casa, entre tus brazos, en cualquier lugar del mundo en el que esté y tú me abraces, estaría en casa. Pero no estás y juro que quisiera no querer morir.

Pienso en mi abuela, en aquella vez que me dijo que "de tanto decir que te quieres morir, te estás muriendo de a pocos", era mi quinto lavado gástrico, mi tercer coma etílico y la segunda amenaza de internación. Quisiera no querer morirme y que ella no esté muerta, que me vuelva a hablar, que me vuelva a cantar. Yo soy la viudita del Conde Laurel, vengo a jugar y no encuentro con quien.

Toco mi cuerpo, siento los bordes de mis huesos saliendo por encima de mi piel. Amo esta sensación, amo saber que si yo quisiera podría no ser nada más que huesos. No, si yo quisiera, no; porque no hay nada que quiera más. Si yo pudiera. Aunque, quizás sí hay algo que quiero más, pero todo tiene que ver. No me entiendo, no me soporto.

Hace unos meses atrás, sentía que posiblemente nunca iba a sacarte de mi mente. Paseaba por los salones en los que fuimos cómplices, releía constante y compulsivamente nuestras conversaciones y trataba de encontrar el punto de quiebre a pesar que no existió. Luego de eso, me miraba al espejo y pensaba que estaba claro: ¿quién podría querer a un ser humano como yo? Tocaba mi piel excedente en el vientre, en las piernas, presionaba con el índice y el pulgar derecho mi muñeca izquierda y viceversa y pensaba, uno menos, dos, tres, cincuenta y cinco.

Ahora hago lo mismo pero no he vuelto a buscar nuestras conversaciones, archivé tu número y por poco a veces me olvido de tu aroma o del sonido de tu voz. Frente al espejo repito la operación y me detengo a mirarme mientras lloro. Alonso decía que me ponía más hermosa después de hacer el amor pero nunca le creí. Una parte de mí piensa que soy hermosa mientras lloro: Mis ojos se inflaman de forma que ambos quedan simétricos, las pestañas se alargan, los labios se agrandan y se tornan de un carmín que no he conseguido ni con la mejor marca de maquillaje. ¿Quién puede querer a un despojo como yo?

Sé que él respondería orgulloso. Él podría quererme, pero es fácil decirlo desde lejos, desde una posición en la que yo le permití quedarse para salvarlo, para que no termine odiándome como todos, como tú, como yo misma.

Día con día siento que cada vez puedo menos, todo pasa tan rápido que no sé ni dónde estoy parada. Los amigos se fueron con la leyenda de mi otro yo y ahora solo me quedé con todo el infierno que tengo dentro.




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