17.6.15

Cuando terminamos de fumar, me llevé a Eme a la habitación para poder recostarnos panza arriba con las piernas contra la pared, como antes, como siempre. La droga jugaba su papel de manera sutil pero Eme reía cada vez más fuerte, la risa le cortaba las palabras y los pensamientos volaban sin rumbo. Era encantador oírla tan natural, sin miedo a que sus historias la traicionen. 
Dentro de su diagnosticada impulsividad, Eme ha aprendido a los golpes a controlar cada frase que sale de sus labios (no así de sus manos); llegando incluso a permanecer sin hablar por días. 

Verla tan desprotegida me dio el valor para tocar temas a los que usualmente ella les huye, entre las risas y el sin sentido deslicé la palabra amor y ella la mezcló con un suspiro, fue todo muy confuso, después de mi última palabra sentí que todo el vacío del mundo se había instalado en el cuarto, estaba metido en la cama en medio de las dos. 

Eme giró sobre su cuerpo y dejó su espalda hacia mis ojos, conté los huesitos de su espalda en silencio mientras le ordenaba los cabellos hacia arriba. Parecía una mujer de fuego hecha cenizas, parecía una mezcla de óleos raros desparramados en la paleta de algún pintor neurótico.

Después de unos segundos que parecieron décadas, Eme volvió a suspirar y dijo con voz muy bajita que ella se inventó su mala suerte en el amor. No entendí bien pero decidí no interrumpirla, es muy extraño que decida sencillamente hablar. Como las veces en las que se mira al espejo y llora y se habla a sí misma como si fuera el personaje de una novela, se mira en detalle, estudia su reflejo y habla o a veces solo piensa y se responde y se ríe y tiene miedo.

Algo pasó con mi cuerpo en ese momento, parecía como un viaje astral pero era imposible, estaba consciente, estaba despierta con ella al lado hablándome del amor y yo solo podía sentir que estaba imantada a la cama, mis manos en puño a cada lado del cuerpo y la cabeza endurecida en una sola dirección. Tuve tanto miedo, intentaba respirar y no encontraba el aire, no podía pasar la saliva para abrir la boca y decir algo. Eme había dejado de hablar y se había concentrado en prender otro porro, estaba sentada a contra luz y otra vez su espalda delante mío. 

De alguna manera logré salir del estupor, rompí el silencio que Eme acostumbra dejar siempre después de que su voz se escucha y sin pensar dejé que las oraciones se unieran mientras abría la boca. 

Acostada hacia arriba cada vez mi voz era más fuerte, le reproché que no existe tal falta de amor, que es la única que conozco que ha tenido la suerte de que cada persona con las que se ha acostado se le han enamorado perdidamente. Que salvo extrañísimas excepciones, nunca nadie la ha despreciado y que después de eso siempre había alguien para acompañarla a casa o despertarla con un café.

Sin darme cuenta estaba ya de pie, Eme me miraba fijamente desde la cama y yo estaba segura que en algún momento había dicho algo que no debí pero, lejos de detenerme, le pregunté qué se siente acabar al mismo tiempo que esa otra persona y que te llenen de besos el cuerpo, no por pasión; o no solo por ella, sino por amor, por amor puro, sentir que la piel se enchina pero no ser capaz de sentir nada más allá.


Eme tenía los ojos llenos de agua, me miraba fijamente sin emitir sonido alguno. Yo me arrepentía de todo y hasta ese momento ni siquiera tenía tan claro lo que había dicho pero  algo en mi cuerpo me había obligado a no parar.
Sin quitarme los ojos de encima, pestañeó dejando que le caigan dos lágrimas por cada mejilla, le dio una larga pitada al cigarro armado con papel de cereza y exhaló el humo que se iba perdiendo así como el valor que me golpeó minutos antes.
Me sentía ahogada por sus ojos, por el humo, por el vacío de la habitación, por el silencio que nadie volvía a quebrar. Eme se dio vuelta otra vez y estiró su mano hacia la mía. Me atrajo a su cuerpo y la abracé por la espalda mientras otra vez le ordenaba el cabello y le cantaba una canción de cuna, esperando que no recuerde lo que acababa de pasar.



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