4.8.15

No me desarmes más, por favor.

Tu nombre suena entre las cosas, las inyecta de vida y les da fuerza suficiente para doblegarme. Tus labios en pedacitos regados por el piso junto a una botella con un poco de ron que sobró de nuestra última vez juntos. Juego a armar un rompecabezas con tus fotos, repito mil veces y a todo volumen las grabaciones de tu voz diciendo "despierta" o "cuídame, amor", las escucho hasta que el espiral me atrapa. Cuando todo esto acabe sé que no te recordaré, sé que dejarás de existir en mí. Todo volverá a ser como nunca había sido y lo mejor de todo será que ya no estarás.

Dicen que uno es de quien aparece cuando lo piensas. Uno es de quien le rompe el corazón. Uno es de quien le sangra la nariz al pensarte.

Uno es de quien te mira a los ojos al acabar en tu boca y sabes que hay pasión, hay deseo, pero también hay amor, un amor nuevo, distinto.

Mi doctor sabe que si quisiera matarme, podría inyectarme aire en las venas, lanzarme por la ventana del edificio, prenderme fuego.


No sabe que tu veneno es más fuerte.


Tu nombre suena entre las cosas, las hace vivir y todo tiene tu forma, tus manos armando cigarrillos con papel de cereza, tus piernas enlazándose con las mías y haciéndome caer, tu pecho lleno de recuerdos que te hacen llorar por la noche. Eres tú, pero no. Todo se pierde y nada se transforma, Lavoisier se equivocó, todo lo que pasó entre nosotros lo creamos sin querer y lo arruinamos queriendo.

Pasé dos días sin pensarte o quizás más. Me ando muriendo porque después que te fuiste, dibujé inviernos que nos perseguían tomados de las manos, alimenté a los gatos del parque y se volvieron fieras protectoras de todo lo que no pasó. 
Le hablo a todos de ti, de un tú que empezó y terminó, y un tú que sigue aquí, conmigo, que me habla hasta quedarse dormido muy de madrugada, que me espera a las seis de la tarde para llevarme a volar, un tú que me cela, me duele, me arde y me dedica canciones.



¿Podría uno ser de quien le escribe?










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