23.9.15

Tu shuvia, mi shuvia

Estoy de pie rodeada de ciento veinticinco personas en un espacio en el que difícilmente podríamos intentar bailar, desmayarnos o escapar. Cierro los ojos, miro hacia el inexistente techo, respiro fuerte tratando de no llorar. Siempre estoy tratando de no llorar; algunas veces estoy tratando de no hacer alguna otra cosa que me haga temblar de miedo por unos minutos al día siguiente y otras (muchas) veces estoy simplemente tratando. 
Tratando. Nunca es un reto cumplido, siempre es la mitad de algo, un  "casi" que abofetea después de besar y de pronto huye. 
Le dije que tengo la mala costumbre de hacer que la gente no quiera dejarme y me sonrojé. Pedí tres veces que no me haya escuchado. Tres es impar, pensé. Quise hacerme la señal de la cruz porque los números impares me hacen sangrar la nariz y felizmente ya se había ido. 
Casi.

No he pensado en él en todo el día. Pensé dos veces en él. Recordé su sonrisa, lo imaginé en el parque y nada más. He pensado todo el día en él, he visto sus fotos, revisado sus redes, temido por su vida y acto seguido, por la mía. Temblar de miedo, llorar de miedo. Casi morir de miedo.

Casi.

Me rodean de tal forma que siento que pueden escuchar a mis pensamientos susurrar, se me acercan para enterarse de todo. Son partícipes, jueces, verdugos. Amantes, golpes de rodillas, ganas de verte. 

Y finalmente rompo a llorar. Rompo a llorar. Implosiono, estallo, destrozo a llorar. Quisiera que nadie me toque, no sentir sus roces, su respiración. Sus cabellos metiéndoseme en la boca, sus huellas húmedas. Arruino, desmorono, aniquilo a llorar. Quisiera no estar rodeada de tanta gente, tantas personas que tienen algo de ti y que están tan cerca a mí que me hacen mal.

O casi.

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