26.2.16

Invisible

Pasaste rogando por señales que te confirmen que ya es tiempo de dejarlo. Mirabas las ventanas de su casa desde la vereda del frente. Escribiste un poco más abajo que la temporada de papel de fumar de cereza se renovaba sin él.

Contabas los escalones y si pisabas el trece con el pie izquierdo no deberías subirlos nuevamente. Y no recuerdo si pasó o no pasó: si ignoraste las señales o si nunca acontecieron. Es difícil recordar ahora, con tanta gente viéndote caer.

Él ruega cuando sabe que te vas. 
Cuando se queda solo.
Cuando necesita tu piel.

Pediste mil veces que regrese. Que si volvía podrías tener el argumento perfecto para no volverlo a ver.

Días después de no sentir nada, entraste al baño a llorar escuchando una canción que te recordó que la primera vez que durmieron juntos, despertó a preparar el desayuno cantando cosas sin sentido que inventó en ese momento.

Te busca, te dice algunos de sus códigos secretos (otros no los recuerda). Y tú, cervatillo herido, te lanzas a sus barbas como si no existiera el pasado. Como si no te hubieras roto la cabeza tres veces antes. Y sangraste.

Mi vida es el cuaderno en tu bolso.

Te quiero ver, dices. Y en mi mente, tu voz suena suplicante, suena a que me necesitas, no solo me deseas. Pero minutos después, pasas delante de mí y no existo. De pronto, me vuelvo invisible. 


A veces te besa y por una milésima de segundo, piensas que podría ser. Quizás podría ser. Sus manos cambian y se rozan con las tuyas, pasa sus dedos por tu barbilla y los dos sonríen. Apuesto a que quisieras estar en otro lado.

Te escribe palabras románticas durante todo el día. Te llama, quiere oír tu voz, escucharte reír, ver tu cuerpo desnudo con ese miedo infantil que quiere que le enseñes a olvidar.

Fue lindo mientras duró. Era todo lo demás pero no era real. Era la mezcla perfecta, el sueño dorado de sus cabellos en la misma almohada que tus rulos negros que se resistían a olvidarlo.

Y ahora, otra vez eres invisible. Como esos viernes que te marcaron la piel y hasta hoy nos duelen.

Voy a tener que leerte otros cuentos para que esta noche puedas dormir. 




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