20.3.16

Siete mil días pre operatorios para extirpar recuerdos.

Hasta ayer había perdido la cuenta de los días en los que decidí no existir más para ti. Lo tomaste con tanta calma que tuve que aceptar que mi decisión solo confirmaba tus pensamientos. Yo ya no existía, mejor dicho, nunca lo hice. Irme de ti no te ha restado nada, no te ha hecho mirar al espejo y cuestionarte sobre lo que hay en tu mirada o en tus manos o en tu piel. Es más probable que llegue en un recuerdo desde tu sexo que desde tus labios y ahí retrocederás, mirarás a otro lado y de nuevo habré dejado de existir. ¿Es posible existir más o existir menos?

Todo depende del cristal con que se mire y nosotros nos mirábamos a través de vidrios de botella rotos en las escaleras de un hotel barato. Pedacitos brillosos que confundí con constelaciones que gritaban nuestros nombres entre jadeos y susurros.

He mentido mucho sobre esto y ahora no sé qué es real y qué es resultado de mi imaginación. Quiero creer que tú tampoco existes, que por eso no me buscas, por eso no te enterneces al menos un poco con el recuerdo de lo que di. No existes, por eso no te ataca la necesidad y vuelves a mí.

Ahora mismo no sé qué quiero, no sé qué hice y qué debo hacer. Mañana habrán pasado ochenta días y las canciones que me recordaban a ti me dejarán un sabor amargo que preferiré evitar mientras duermo en otros brazos que me alimenten y me canten al despertar.

Y si algo de todo esto aparece nuevamente como una de las señales que siempre le pido a dios y siempre, siempre me entrega, entonces sabré que he de necesitar más que amor propio y fuerza de voluntad para poder decir no y tomarlo en serio. 

Aunque posiblemente ya esté enredada en esas señales, mordiéndoles la barba y desayunando humo verde en papel de cereza que sabe a besos de verdadera necesidad. Algo que, lamentablemente, nunca conocerás.

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