13.6.16

Not intended

Los consumidores habituales saben cuánto usar para pasar el rato, para pasarla bien, genial. Para pasarse de vueltas pero sobre todo para no morirse.

Los adictos, sin embargo, no conocen límites. Quieren más, siempre quieren más. Quizás no todos quieren morirse (aunque eso está en discusión) y además algunos creen que nunca van a morirse, que van a tener espacio para más, una línea más, dos gotas más, tres gramos más.

Tú estás ahí. El grupo de los desahuciados. Aquellos a los que los familiares cercanos, si es que no los han abandonado, les han comprado ya un nicho. 

Confundes el amor con las drogas, la sensación con el golpe, el metal frío con una cama. Crees que puedes tener más, uno de los dos debe morir primero y juras sobre imágenes blasfemas de jesucristo que no serás tú.

Y luego lloras. Encerrada en cuatro paredes rojas que hieden y que parece que se hacen cada vez más chiquitas mientras más te sudan las manos y te tiemblan las piernas y la persona del lado pregunta si estás bien y dices que sí, que algo te sentó mal, pero te estás ahogando. Te estás muriendo y crees que aún das más.

Tienes cicatrices pequeñas en las piernas. En los brazos, llevas un calendario de maldades. Que hiciste y que te hicieron. Todas son visibles pero nadie las conoce, y nadie podría decir que algún día caminaste sangrando por las calles y confundías su rostro con el de todos a tu al rededor y su auto azul con cualquier piedra del camino. Ahí estabas muerta.


No te ha vuelto a pasar y tengo miedo, porque te encanta envenenarte y terminar como un perro arrabiado, botando babas por la boca. 

Te gusta perseguirte la cola, perra burra.


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