1.11.16

Día de brujos.

No había logrado nunca entender lo difícil que era estar en sus zapatos. Ella diariamente me reclamaba por no enrostrarle los errores que anotaba luego en una libreta guardada debajo de su cama.

Sin embargo, cada octubre era un suicidio y yo debía estar ahí, a su lado, para cuidar cuando haya que rearmarla, después de que se haya partido en mil pedazos para contentar extraños, uno para cada uno, dos quizás para uno solo. Nada para mí.

Esa noche caminamos sin hablar. Ambos mirábamos al piso y de rato en rato ella hacía un gesto de negación con la cabeza o encendía un cigarrillo con el que le quedaba del anterior. Yo iba ligeramente detrás pero logré escucharla hablar en voz alta, dijo algo sobre el papel de fumar de cereza pero cuando estaba por responderle cambió el tema, confirmando que no hablaba conmigo. 

Sin saber cómo, llegamos al antiguo edificio de Ricardo Palma, de donde supuse que ya no guardaba ningún recuerdo. Se acercó al interlocutor, presionó varios timbres y le escupió a la puerta de vidrio mientras recitaba un poema que decía algo como "tu nombre no me deja verme...". 

Pedí un taxi, ella pidió música pero se quedó dormida a pocas cuadras. Estoy acostumbrado a cargar su peso muerto de una noche de copas, a recoger su cabello de colores para evitar mancharlo con excesos y a aspirar el humo de su ropa hasta despertar mientras ella llora dormida y dice cosas como mantras entre sueños o pesadillas que nunca me cuenta.


Abrió los ojos al día siguiente después de las dos de la tarde. Me preguntó si había hablado dormida y le dije que no, le mentí. Encendió un cigarrillo y sacó la libreta de debajo de su cama y escribió:

"Apenas acabe octubre, dejaré de llorar por ti".









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