23.11.16

Lo conoces más de lo que te conoces a ti misma, 
por eso siempre sabes qué es lo que hará 
pero nunca sabes cómo vas a reaccionar. 


Han pasado más de dos meses desde que Judas no regresa a casa. A estas alturas no me sorprendería que ya se hayan agotado todas sus vidas y que nunca más aparezca por la ventana de la terraza.

Al inicio llegaba cada par de días, siempre sucio a pesar de tus esfuerzos, siempre lleno de cortes, de sangre pegada, de espinas enredadas en la cola que se encargaba de hacer notar pero con máximo cuidado, como si quisiera evitar que te lastimaras pero sin escatimar en prisas. 

Lo limpiabas, le dabas de comer, leche caliente, una manta, alimento en latas, esponjas de juguete y todos tus poemas. Se dormía en tus piernas como si no existiera ningún otro lugar en el planeta, las horas no se contaban hasta que no se iba. Entonces empezó a irse por más tiempo, ¿recuerdas? Ya no regresaba cada dos días pero siempre regresaba y eso era lo importante. 

Una vez volvió tan lastimado que parecía que se iba a morir en tu vereda. Era madrugada y estabas sola y quisiste cerrarle la puerta en la cara y decirle que no necesitas ser solo su salvavidas, su llamada de emergencia, su ángel de la guarda. Lo odiaste, lo odiaste mucho y lloraste porque no pudiste dejarlo afuera y porque sabías que te ibas a arrepentir.

En tu casa recibiste desde peces hasta aves para no recibirlo a él o para no estar sola mientras no volvía, porque todos tus invitados salían rodando por las ventanas una vez que él regresaba. Pero regresaba, y eso era lo importante, ¿no?

¿Pero por qué es tan importante? ¿Por qué prefieres curarle las heridas que hacérselas tú misma? ¿Por qué estás hablando del gato que no aparece hace meses pero pensando en el hombre por el que juraste no llorar más en cuanto acabe octubre?.

Quiero contar otras cosas, Eme. Los gatos solo tienen siete vidas, pero tú y yo...

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