24.1.17

Las estaciones duran menos en mi ciudad. Me demoro un poco mirando por la ventana a alguien caminando lejos de esta casa, su cabello se enredaba entre mis dedos hace menos de dos horas y ahora cada paso se va marcando en la vereda ayudado por la lluvia que obliga a que se tape la cabeza con ambas manos y rítmicamente voltee a mirarme. En lugar de responderle con una sonrisa, he cerrado la cortina y seguramente él se ha ido más confundido de lo que llegó. 
Pienso en ti, nada de lo tuyo me permite abandonarte. Repito obsesivamente las frases que me decías y que memoricé para que nunca, bajo ninguna circunstancia, alguien pueda decirme que lo nuestro no existió.
Nadie más ocupará tu espacio, ninguna voz sonará más fuerte que tu voz y ninguna piel tendrá el sabor del deseo en los poros, pero por las noches la soledad desespera.


Al entrar al bar no me sorprende que todos tengan tu rostro, tu olor, la marca de tus lentes, la pisada de tus zapatos, la forma de tus pulgares. Diez copas después todos somos un solo equipo, nadie me conoce pero no lo necesito. Le grito a alguien cosas que no entiende, lloro encerrada en un baño porque todos en este sucio lugar quieren algo de mí y tristemente, ninguno eres tú. Pero, por las noches la soledad desespera.


Y en las mañanas el corazón me duele más que la cabeza y también da igual porque hace mucho que no confío en ninguno de los dos.




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