5.1.17



No creo en cábalas ni en fechas establecidas con un gran significado emocional pero con altos fines consumistas. Mi madre solía decir que me iría tal como a Santo Tomas, no creo en los santos así que no me he esforzado aún en entender su profecía.

Mis amigos cercanos están emocionados por mi cumpleaños, me indigna que no entiendan la nula felicidad que me embarga en las fechas cercanas a ese día. Gran día para olvidarme, además, porque nadie quiere celebrar un cumpleaños el primero de enero y por si no se entendió claro, tampoco celebro el año nuevo. No se me da felicitar a la gente en un día especial, no creo en eso.

Años antes, no hubiera aceptado por ninguna razón la invitación de un total desconocido -como si fuera una cita a ciegas, no para celebrar tu cumpleaños ni el año nuevo, te lo juro- dijo y le creí.

A las doce de la noche del último día del 2016 que no podía importarme más o menos que cualquier otro día, recibí un beso tímido e infantil con sabor a fresas y espumante barato en el techo de un edificio de 6 pisos con vista a la calle 28 de Julio casi sin autos pasando entre los fuegos artificiales.



Horas antes, estaba tratando de mantener mi respiración rítmica, haciendo esfuerzos desesperados para no tener que pensar en ti y no conjugar un nuevo año (en el que no me interesa creer) sin tu voz en los rincones. 
Cuando te ibas solo podía entender que ibas a regresar y así lo hacías, pero esta vez era definitivo, no quedaba más agua en nuestra represa y a mí el aire me ahoga si no tiene olor a humo de cigarro y tu perfume o el olor contenido en tu auto después de hacer el amor o el olor de tu cuello en cualquier madrugada en la que me buscabas adolorido. Me ahogaba con tanto aire y sin nada de ti. 
Decidí distraerme respondiendo cortés pero cortante todos los mensajes recibidos en el mes de diciembre y entonces encontré el suyo, tan torpe que me golpeó de frente. Contesté. Contestó.


Es un poco más alto y mucho más delgado que tú, su cabello largo se me enreda con facilidad y nos gusta. Han pasado diez minutos y cada uno tiene una razón que no cuenta para estar tan desesperadamente completos en este momento. Quiero creer que él tiene una razón, no quiero estar en ventaja y eso también es de temer. 

Sus manos son delgadas y bien formadas, hago el comentario de "las manos de pianista" y aunque toca el piano, me contradice y también nos gusta. Empiezo a creer que hay un ciclo repetitivo que me acaba de regresar al inicio y otra vez es tan diferente que quiero ver más.


Su voz  es arrastrada, sus ojos caídos, su olor natural se mezcla con el del humo de marihuana y fuegos artificiales y siento que solo me hace falta gasolina. Sus muñecas sin relojes, si no dan la hora para qué pueden servir; sus dedos sin compromisos y yo entre sus piernas. 


No eras tú pero daba igual, porque él estaba aquí y tú no.







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