8.4.17

Cuando estás aquí te veo desde mi ventana - II

Cruzamos mal los dos semáforos de distancia en plena conciencia de nuestro error, riéndonos, casi corriendo. Llegamos al edificio y nos detuvimos en el pasadizo de la escalera a besarnos. Yo contra la pared y él contra mí, mis piernas abiertas se paseaban sobre sus pantalones y lo acercaban más, como si fuera posible. Él buscaba la llave con una mano, con la otra me apretaba el culo. Encontró la llave y me lo susurró entre dientes que me mordían el lóbulo, mientras mis manos despeinaban aún más su pelo ondeado y sentían nacer la transpiración de su espalda.

Subimos las escaleras como pudimos, no vive solo pero la casa estaba casi vacía, se sentó en un sillón alargado tapado con un cobertor verde agua en la mitad de la sala frente a una ventana que da a la cocina de otro departamento, ninguna de las ventanas estaban cerradas y sentí que eso lo excitaba aún más. Me quité la ropa y me senté sobre él mirándolo de frente, me puso las manos en las nalgas y mientras me movía lo sentía endurecer cada vez más. 

La única prenda que me quedaba puesta estaba tan mojada que me hacía lucir aún más desnuda. Vamos a mi cuarto, dijo. Se puso de pie, cogió con una mano la laptop y los cigarrillos y con la otra tomó mi mano y caminó delante mío por el pasadizo de la sala hacia el cuarto mientras que en mi cabeza habían cesado todas las guerras y solo escuchaba su voz y un sonido similar al de los caracoles que juntaba de niña y me pegaba al oído para escuchar el mar. 

Nuestra torpeza inicial fue sinónimo de nuestra necesidad de estar uno en el otro, y sentir esa desesperación en su cuerpo me excitaba casi tanto como sentir su sexo duro y caliente paseando por mis muslos, me hacía pedirle que lo meta, me hacía pedirle que lo haga más fuerte. Siempre más. 

La misma electricidad de un roce de manos pero en distinta intensidad. Su cuerpo sabía qué hacer con el mío y mi cuerpo sabía qué hacer con el suyo. Mi boca, mi pecho, mi ombligo, mi trasero, toda yo era desde ahí parte de él, éramos un solo sabor, piel contra piel sobre una cama que rechinaba, mis jadeos de placer se hacían cada vez más altos y él tiraba la cabeza hacia atrás cada vez que acababa, como dejándose ir para volver a empezar. 

Quizás logramos dormir una hora antes que la alarma termine con la fantasía y nos devuelva a la realidad. Yo desperté antes, tomé agua, me rocié su colonia exageradamente, encendí un cigarrillo y busqué entre sus cajones algo con lo que pueda quedarme como un recuerdo que no me haga lucir cleptómana. Me puse su sweater azul y me tomé una foto, abrí un libro y le tomé una foto a un poema sobre dos aves, tomé fotos de las fotos de su novia (o de una mujer a la que él abrazaba) en unos colgadores en la pared con forma de discos antiguos, le tomé una foto a él y seguía dormido. 

Parecía un muerto con los ojos cerrados. No tenía ninguna gracia, no tenía ritmo musical en su respiración, sus párpados estaban quietos, inanimados totalmente, conservaba la misma posición en la que nos adormecimos, no habló dormido, pero despertó diciendo mi nombre. 

Nunca le dije mi nombre.

La alarma estaba configurada para sonar cada cinco minutos durante veinte seguidos, nos reímos de eso mientras nos besamos, ninguno habló del pasado o preguntó por el significado de nuestras notorias cicatrices. Cuando la alarma se detuvo me levanté de la cama y me vestí mirando desde la ventana hacia el parque de los columpios y sabiendo que él me miraba confundido y concentrado a la vez. 

¿Te puedo acompañar? - preguntó con voz baja. Le dije que no. "¿Vas a volver?" dijo poniéndose de pie. Dije que sí y salí de la casa.






No hay comentarios: