24.5.17

Cuanto más me sujetas más miedo tengo de caer

Veronika camina en puntillas de pies desde la cama hacia la mesa de noche en donde hace pocas horas dejó su teléfono y una taza de manzanilla a medio tomar. Un mensaje de texto de hace dos minutos le pregunta "¿Con qué nuevo pensamiento has amanecido el día de hoy?".

El hombre en la cama se destapa dándose la vuelta y mostrando la espalda, tiene la cabeza sobre la almohada y la almohada sobre su brazo derecho. La pierna de ese lado tensada sosteniendo el peso del cuerpo, el otro brazo cuelga de la cama y la pierna izquierda recogida hacia su pecho.

Ella lo mira, lo analiza, lo sobre analiza, necesita entender el ritmo de su respiración, sus dientes apretados, el movimiento circular de sus ojos, necesita adivinar qué está soñando. Saca de su bolso tirado al filo de la cama un cuaderno y un lapicero y escribe cada palabra que viene a su mente mientras lo mira. Ve su frente amplia y escribe montañas, la oreja visible, roja por el calor que hay en la habitación y escribe sunset, la punta redonda de su nariz le recuerda a un poema de Giovanna Pollarolo, sonríe y escribe vidrieras.

El hombre en la cama no se mueve. Veronika hace un esfuerzo por dibujarlo aprovechando su quietud pero sus manos no le hacen ningún mérito al acompañante y prefiere tomarle una foto con su teléfono. Necesita registarlo todo. Hunde su nariz en la camisa colgada en la silla que está a su lado deseando poder conservar ese olor a sudor, marihuana, Marlboro azul y perfume 1955. Anota "1955" en su cuaderno.

El teléfono vibra anunciando un nuevo mensaje: "¿Hoy tampoco me vas a responder?". Piensa en lo absurdo de la pregunta: "Si respondo sí o no, habré respondido. Si no respondo, también".

Camina fuera de la habitación, es una casa grande en el centro de Lima. Hasta el quinto piso se empiezan a escuchar las voces de los cambistas que habitan las veredas rojas de la zona. Son las siete de la mañana y el emisor de los mensajes podría pasar por esa vereda en la que pisos hacia arriba Veronika fuma ansiosa en la ventana.

La nostalgia despierta y el hombre en la cama aún no. Desde hace algunas noches duermen juntos, se conocieron hace trece días y él la invitó a quedarse, le dio una copia de la llave y ella la aceptó advirtiendo sus ausencias. Las noches que pasan juntos,él hace la cena, ven vídeos de música, se cuentan historias de la infancia y hacen el amor hasta la madrugada. 

Veronika fuma sentada al borde de la ventana, la ansiedad le recorre el cuerpo, sabe que puede caer. Está al borde, siente frío, tiembla y la ceniza se hace parte del clima bipolar de Lima en mayo. Una voz en su interior le grita que salte, cae la primera lágrima de la mañana. Si salta es muy probable que no muera aunque podría quedar malherida. Una lágrima más seguida por una sonrisa que se le dibuja al pensar en lo absurdo de saltar solo cinco pisos. Sin embargo, también piensa en el emisor de los mensajes y en las crueles analogías que la vida le pone por delante.

Se escucha la voz del hombre en la cama, adormecido, estirando su cuerpo mientras la llama por su nombre y la saca del estruendo en su cerebro que le exige que se entregue, que salte esos cinco pisos, que responda los mensajes y se deje caer.

Lentamente Veronika suelta su cigarrillo y vuelve a la cama en puntillas de pies. 


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