26.6.17

Microdosis

Sonríe mirándolo mientras el olor de sus pestañas chamuscadas con el fuego del encendedor verde inunda por dos segundos la mínima distancia entre su cuerpo y el de él. No entiende la música pero le parece que todo está a menos dos revoluciones por segundo, el ritmo con el que él abre y cierra los ojos hace en su cabeza una canción distinta cada vez y no sabe cómo expresar su felicidad. Despide una sonora carcajada mientras tira la cabeza hacia atrás y se retuerce el dedo índice de la mano izquierda contra las pestañas del mismo lado chamuscadas segundos (¿minutos?, ¿horas?) atrás.

Él tiene el peso de su cuerpo sobre el codo derecho y las piernas enrolladas hacia atrás, usa pijamas recortados que encontró en el ropero de Eme y un sombrero que imita la cabeza de un león, inventa rimas sobre una canción de Chance the rapper y pela ordenadamente un ejército de mandarinas sobre una tabla de madera.

Es el quinto día de invierno en Lima sin embargo el sol se ocultó al pasar las 18 horas. La noche anterior rentaron un telescopio que no les dejó observar lo que buscaban pero los mantuvo despiertos hasta el amanecer. Sacaron seis fotos con una polaroid que él había conseguido días antes en un remate y las colgaron en los cables para tomarles fotos con la cámara digital de Eme. 

-Va a llegar un día en el que te vas a ir- dice Eme poniéndose bruscamente sentada de espaldas a él y sujetando su cabeza con ambas manos. 

Él se acercó paseando dos dedos por la espalda de Eme y exhalando el humo de su cigarrillo le dijo: Si dejas de pensar en eso, dejo que tú te vayas primero.




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