8.6.17

Sopla que me quemo

Antes de hoy te escribí montones de cartas a mano. Les puse tu nombre grande, casi rompiendo el papel de tan fuerte que lo escribí y les prendí fuego. Me quemé las yemas de los dedos pulgar y medio de la mano derecha. Me cegué por largos minutos por mirar el fuego tan cerca y durante horas cada vez que cerraba los ojos, veía tu nombre escrito en letra blanca rodeado de miles de puntitos plateados.

Me senté en una esquina del cuarto a llorar abrazada a mis rodillas. Toqué mi pelo y lloré estridentemente asustando a los vecinos que se acercaron a tocar la puerta. Hablé por el interlocutor y le dije al guardia del edificio que estaba bien, que disculparan el ruido, que no llamaran a los bomberos, que no recibiría visitas y que por favor nadie tocara mi puerta.

Me tumbé en el piso mirando el techo con tu nombre apareciendo como flash de discoteca en cada pestañeo. Estoy acostumbrándome a verte en todos lados. Tu nombre se volvió el más común del mundo y lo único que quiero es no pensar en ti. Sentí el frío del suelo en mi espalda, puse mis yemas quemadas contra las losetas heladas, sentí dolor y las presioné más. Prendí un cigarrillo y lo apagué furiosamente contra mi antebrazo. 

Tú volviste, tú volviste.

Una vez me quedé dormida con un cigarrillo en la mano sentada contra mi ventana. No había dormido por más de diez días y el sueño llegó sin esperarlo, cuando desperté, la cortina se había prendido fuego, el cigarrillo se había consumido con ella y yo seguía pensando en él. Ahora él eres tú y esa cortina es lo que me queda de vida.

Pasé los dedos por la bola de agua en mi antebrazo, resultado de la quemadura del cigarro y la rompí, jalé la piel, sangré, pensé en ti. Cerré los ojos, vi tu nombre, abrí los ojos, vi tu nombre. 

Por mis venas corre gasolina, me quema el cuerpo, mi cabeza está en llamas, mi corazón arde, por favor, por favor, deja de incendiarme. ¿Por qué no te es suficiente el calor de mi piel?






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